El Chayote: de verdura insípida a parámetro de libertad de prensa
Estudié periodismo, pero siempre mi corazón le perteneció a la publicidad. Aunque alguna vez intenté explorar la posibilidad de reportear hasta que mi primer “chayote” rompió mi corazón, mi moral profesional y mis ganas de cazar la nota. Hay que darle crédito a la sabiduría popular y su capacidad para transformar algo aburrido y espinoso en una herramienta de soporte económico y letra escarlata que ha marcado a toda una profesión.
Para el mundo son “sobornos”, “fondos reservados”, “cabildeo agresivo” o, de plano, “corrupción”, en México encontraron una forma menos formal, que lo vuelva más amable y menos espinoso, para describir el “complemento” salarial que las fuentes de información ofrecen a los periodistas para que su existencia sea más placentera.
Valga aclarar que la profesión periodística no era, ignoro cuánto ha cambiado, una de las mejor pagadas, pero sí una de las más ingratas en términos de horario de oficina y disponibilidad de tiempo para la vida personal. Un panorama no muy alentador, apenas cobijado por la posibilidad de informar sobre cosas importantes, influir en la opinión pública y volverse famosos y tal vez -algún día- ser una celebridad.
Sin embargo, mientras la fama toca a la puerta, hay que afanarse en el azaroso arte de la supervivencia. Es ahí donde esta verdura entra en acción, como un lubricante fantástico de la buena voluntad, la conciencia y pluma periodística ¿Quién diría que algo tan insulso podría convertirse en algo tan estimulante?
Desde bambalinas, el fenómeno es digno de un amplísimo estudio sociológico de la UAM, porque no se trata de un mero intercambio de fondos por loas; es casi una coreografía ensayada miles de veces entre el poder y los medios. Un coqueteo sutil, a veces descarado, donde se intercambian recursos materiales, por voluntades y conciencias. Dicen que todos tenemos un precio. Aunque hay algunos muy baratos.
Ignoro de dónde viene el concepto, pero cuenta la leyenda que un reportero, en una de la múltiples campañas políticas que debió que padecer, cachó a un propio repartiendo sobres amarillos -larga vida a los sobres manila- detrás de una corpulenta chayotera. Desde entonces, el dicho fue: “ve a ver si ya parió el chayote”, que se convirtió en la palabra mágica y desde entonces, la puerca fue desplazada por un chayote.
La mecánica del chayote se sustenta en convertirlo en un novedoso método de compensación que no paga impuestos. En un país donde cualquier trabajador se siente con el derecho de exigir prestaciones superiores a las de la ley, fondos de ahorro y vales de despensa, el poder entendió que podía ofrecer un incentivo por halagos publicados y así todos eran más felices.
Puentes que se caen, carreteras que no van a ninguna parte, hospitales sin camas ni recursos, etc. pueden convertirse en logros destacados y sin precedentes de la vida comunitaria. Así también, las acusaciones por corrupción pueden transformarse en infundios de los adversarios que odian haber perdido sus privilegios. Todo cabe en una nota, una entrevista, un editorial, un comentario, debidamente aceitado para que no rechine.
Tal vez, y digo tal vez porque lo ignoro, los sobres ya no rifen. Quizá ahora sean tarjetas de banco que sistemáticamente reciben fondos por asesorías en comunicación, pagos por publicidad institucional, convenios por difusión en medios digitales. Sin embargo, el principio es el mismo: los suaves aires del dinero fresco disipan el fuego de las críticas y las crisis. Es injusto acusar al profesional por dejarse corromper, la dignidad con hambre no funciona y no puede ser la regla para medir la moralidad de alguien.
El acto de corromper es profundamente más perverso, porque saberse poderoso y ganar a cualquier costo es aún más ruin. Desde la “altura” del poder la mera contemplación de los demás como piezas de un juego mezquino de tener poder, para ganar más poder y con ello todos los beneficios que ofrece la posición, es mezquino.
Vale la pena diferenciar que, estoy hablando del periodista de calle, del que se gana la vida persiguiendo la noticia, pero hay profesionales que han construido carreras y fortunas personales a partir de la contribución de las complicidades, de las conveniencias, de las simpatías pagadas o reales que han forjado “celebridades”, “líderes de opinión” con cuotas por servicios más altas, pero que los poderosos pagan gustosos. Esos tal vez sí, son tan culpables, como sus corruptores en el juego de las medias verdades y las medias mentiras que han socavado tanto la profesión ¡La política es un caso perdido!
Gobiernos van, gobiernos vienen, pero una buena ensalada de chayote sigue siendo el complemento perfecto de un plato fuerte, discurso ramplón, que lo puede convertir en un manjar de dioses. Siempre y cuando haya suficiente vegetal para el aderezo.
