Cuarentena: de la felicidad a la infelicidad

Estamos cumpliendo un año de una cuarentena que imaginábamos debía ceñirse a los 40 días que le dan nombre, pero que se ha convertido en un búmeran de 365 días, en los que hemos aprendido que todo puede cambiar en nuestras vidas de manera inesperada.

En el último año hemos perdido a muchas personas, cercanas o conocidas, hemos cambiado de trabajo, o de plano lo hemos perdido, hemos aprendido a conjugar los verbos alrededor del comercio electrónico, a convivir, disfrutar o padecer todos los días con las personas que elegimos estar, o a decidir no estar más con ellas.

También hemos comprendido la enorme necesidad que tenemos de adaptarnos a las nuevas circunstancias, de ser resilientes y de darle la mano a la innovación desde cualquier punto de vista y nivel, para salir adelante.

Las innovaciones han estado a la orden del día: cubrebocas, caretas, vacunas, programas de comunicación y videoconferencias en línea, aplicaciones de toda índole: para realizar compras, pedir comida a domicilio, para transportarnos, para hacer ejercicio, para realizar transacciones financieras, etc. 

Ahora más que nunca se innova en todos los niveles, y se calcula que los avances tecnológicos previstos para incorporarse a nuestra cotidianidad en diez años, ya forman parte de nuestro día a día a causa de la emergencia que impuso el COVID-19, así que alguna ventaja estamos tomando.

Pero con dificultad podremos saber, en lo inmediato, las verdaderas consecuencias que este año de confinamiento está teniendo en quienes los hemos vivido. Se habla de depresión, de ansiedad, de miedo, de frustración, incertidumbre y un largo etcétera. 

Sin embargo, también se habla del surgimiento de una vena creadora, de seres con una mayor consciencia espiritual y solidaria, con una preocupación auténtica por el cuidado del medio ambiente.  

Es difícil tener una conclusión generalizada. Cada uno, desde su trinchera, ha vivido de manera singular estos últimos 365 días. 

Lo que revelan algunas de las mediciones recientes es que hemos dejado de sentir el bienestar que antes percibíamos. Según el Índice de Felicidad de la Organización de las Naciones Unidas, los mexicanos somos menos felices que hace un año.

Este índice mide diversos parámetros que incluyen el valor total de los bienes y servicios que produce cada país por persona, la esperanza de vida, el acceso a la asistencia social y las libertades individuales, en el último año, además, sumó un análisis sobre la manera en que cada nación afrontó la expansión del COVID-19.

Según el indicador, el número de personas que expresaron estar tristes o agobiadas en este último año subió 10 por ciento, y en México eso significó caer 23 escaños en el ranking de la felicidad, al pasar del sitio 23 al 46, y pasar de una calificación de más de 6 puntos a una de 5.9, en escala del 1 al 10. En términos simples, reprobamos el examen de la felicidad.

Este estudio destacó el incremento de los problemas de salud mental pero también física en el año del confinamiento, sin pasar por alto la precariedad de las condiciones laborales de la mano de la incertidumbre económica, a nivel global.

Incluso en Brasil, Chile y Uruguay, la población se reporta más feliz que en México. Mientras que, con todo y pandemia, Finlandia sigue siendo el paraíso de la felicidad.

Con este panorama, son muchos los frentes en los que desde la trinchera de la publicidad y el marketing se puede aportar para, en primera instancia, virar la percepción, y paralelamente incitar el consumo, visto como un motor de reactivación económica. 

Bien se dice que cada crisis es una oportunidad, así que la infelicidad nos brinda la oportunidad para ser felices, es algo que debemos aprovechar, ¿estás de acuerdo?

Editorial S.M
Equipo editorial de la Revista Soy.Marketing
Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Artículos relacionados

Lo más reciente