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Greenwashing: Lavar la cara en suciedad verde

Como pudieron ver en la entrega pasada el suscrito anda muy desenmascara-capitalistas-rapaces-y-mentirosos por muy “pleonásmico” que resulte ese término dado que el sistema económico en el que vivimos se basa, en buena medida, en la permisión de la falsedad y regulación laxa que permita que los intereses de las grandes compañías trasnacionales no se vean afectados de ninguna manera.

Radicalizándonos gracias a nuestro señor Marx

Más allá de mi postura ideológica, entiendo que el principio de realidad implica darnos cuenta que la economía y el sistema que lo soporta se ha ido adaptando a cambios, necesidades, exigencias, preferencias e, incluso, embates de regímenes que pugnan por la desaparición de la desigualdad que genera el llamado neoliberalismo que no se separa de decisiones de Estado usando a las leyes y demás normas, es decir, al derecho como un instrumento para la consecución de sus fines y no tanto como un marco que beneficie a la comunidad.

Por el momento, es donde estamos y nos toca vivir, por lo que ya es momento de atemperar algunas conductas de las grandes empresas o, de lo contrario, el daño ecológico y social será irreversible al grado de desaparecer a sus propios consumidores en breve tiempo o, en una de esas, deteriorar tanto el ambiente que no haya nada que explotar, nadie a quien vender y ningún sitio a dónde ir.

Greenwashing

Irresponsables lavados verdes de cara

La responsabilidad empresarial, dijimos hace quince días, va más allá de mendrugos a través de fundaciones, de eventos recaudatorios o de bellos comerciales que nos hablan de los valores sociales en comunidades con un refresco, dulce o vestido en la mesa como centro de la publicidad. La responsabilidad debe transitar hacia acciones afirmativas desde la propia concepción de los productos y hasta la comercialización de los mismos.

Desmenuzando las conductas nocivas en las marcas nos encontramos una que tiene auge a últimas fechas pero que fue concebida en 1990 por el escritor naturalista David Bellamy: el Greenwashing.

Digamos que es como una especie de “lavado de cara” pero verde. Y con ello nos referimos a aquellas acciones de las marcas en las que hacen pasar un producto o servicio como amigable con el medio ambiente (y no empiecen que por qué es medio si debiera ser completo) cuando en realidad no lo es o, al menos, es marginal.

Mentirillas verdes

Estas prácticas ya muy utilizadas por muchas empresas se presentan de varias manera como cuando ponen empaques verdes o motivos que nos refieren a la naturaleza como pequeñas hojas, bosques, etcétera; los porcentajes que les encanta utilizar diciendo que es 100 por ciento biodegradable o hecho con 70 por ciento de material reciclado; o, incluso, el material de los productos sí es reciclado pero hecho por manos de personas que viven una explotación laboral nada agradable con la naturalidad del ser humano; se inventan ventajas ecológicas que o no sirven o son hasta ilegales; o aquellos que de toda la gama de sus productos contaminantes resaltan uno que es amigable porque está hecho con la mitad del agua que se requiere para los regulares. Todas estas prácticas para inducir al error a los consumidores que tienen cierta conciencia ecológica.

De los precios ni hablamos porque esos productos amigables con la naturaleza, orgánicos o hasta destinados para obtener recursos en pro de la defensa y preservación de alguna especie animal o vegetal, resaltan por sus precios que, racionalmente, no encaja que sea un producto de material reciclado y su costo sea mayor.

Este tipo de conductas han ido, por un lado, desincentivando el consumo de productos verdaderamente sustentable, los cuales, sobre todo, provienen de pequeños negocios que entienden la lógica de la explotación natural para contener lo verdaderamente útil y no sobreexplotar. Y también, han permitido que las empresas se salgan con la suya al acceder a beneficios fiscales argumentando que estos productos inciden en la lucha contra el cambio climático, razón por la cual muchos gobiernos los hacen deducibles de impuestos.

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Iniciativa que nació muerta

Al respecto, sin ser una iniciativa acabada ni perfecta, además de surgir desde un partido político muy cuestionable en lo ecológico (justamente el partido que proponía regresar la pena de muerte), hace algunos pocos años se presentó una iniciativa que crea lo que se denominó Ley para la Regulación y Certificación de Productos Ecológicos y Sustentables.

Esa ley buscaba erradicar el Greenwashing teniendo como referencia en su exposición de motivos lo que ocurría en EUA, Australia, España, Alemania, los países nórdicos, Francia, Canadá y Japón, donde existe regulación relacionada con certificación de productos verdes auténticos.

El objetivo más ambicioso de esta iniciativa de ley estaba en el artículo 1º fracción I cuando señalaba que era “Promover y regular los criterios y/o requisitos para el diseño, producción, procesamiento, elaboración, preparación, almacenamiento, identificación, empaque, etiquetado, comercialización, verificación y certificación de productos ecológicos y/o sustentables”, con su debida certificación, responsabilidades del proceso de certificación y formas para demostrar al consumidor que se cumplía con esa certificación.

Esta ley se aplicaría por SEMARNAT, quien generaría un proceso de certificación y validación de producto ecológico bastante escueto y, como pasa en casi todas las normas administrativas, se fijaba un régimen sancionatorio en caso de incumplimiento.

Aún sin ley, castigo

Desde luego, esta propuesta de creación de la ley, presentada en 2019, se encajonó de tal manera que nunca vio la luz ni para dictaminación en comisiones, un poco por la falta de interés y conocimiento de nuestros legisladores y otro porque el impacto empresarial de una reforma de este calibre sería de tal magnitud que los cabildeos terminarían por aplastarla o descafeinarla.

Más allá de la inexistente regulación, es momento de que los consumidores ejerzan una presión mayor a las empresas que fingen ser verdes y bondadosas, de tal manera que las prácticas se transformen desde lo comunitario no para fomentar el desalmado consumo, sino para “echarle un pan” a la muy maltrecha defensa ecológica del planeta.

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