Las historias que contarás en el futuro

Las historias de la Nana

Hace poco, recordé a la Nana de mi abuelita. Sí, la Nana de mi abuelita. Imagínatela, como de 90 años, sentada en las escaleras de la casa de mis abuelos, que se la habían llevado a vivir con ellos, tejiendo todo el día y contando historias. Me encantaba ir a CDMX, entre muchas otras razones, porque ella era de fácil palabra. Solo tenías que apretarle un botoncito y comenzaba a contar sus historias de vida. Que si la revolución, que cómo tenía que acarrear el agua hasta su casa, sobre la primera vez que vio un automóvil, y muchísimas más.

Y al recordarla, de inmediato me puso a pensar: ¿Cuáles serán las historias que yo podré contar cuando sea “adulto mayor” (que yo considero es un estado mental más que una cosa física, solo para que sepas), si es que alguien me lo pide.

Tengo muchas, soy afortunado. Que mis reuniones con el Papa, mi semana con la Madre Teresa en su convento, las giras en la República Popular China, los shows en el SuperBowl, etc. Pero estas historias, de pronto se reducen mucho cuando adquiero mi primer celular inteligente y ni te cuento durante esta etapa de encierro voluntario a fuerzas.

Y tiene lógica. Una vez que tú y tu círculo tienen un aparato que te permite ver a la persona del otro lado de la línea, la vida cambia.

Ese viaje para reunirte con alguien a discutir un tema de importancia, ahora lo puedes evitar y aún llevar a cabo la reunión, usando un teléfono.

Y con esto, el “vamos a tomar un café, que tengo algo importante que contarte” se convirtió en: “llámame en cuanto llegues a tu casa, porque tengo algo increíble que contarte”.

Casi lo mismo, ¿verdad?

¡No es lo mismo!

Casi. Sólo faltó lo más importante: el momento de la reunión, cuando llegabas, veías a tu amiga o amigo, o a tu posible socio, o a tu pariente y comenzaban a hablar después de darse un gran abrazo, de constatar que todo estaba bien y de relajarse ante una rica bebida.

Nuestra situación actual, con la pandemia, nos ha limitado aún más. Con el tiempo, volveremos a la situación anterior, en la que podíamos salir, reunirnos, tocarnos, abrazarnos y sentarnos uno junto a otro, sin problema. Seguramente habrá algunas restricciones, que serán las menos, pues lo importante seguirá ahí. El contacto uno-a-uno.

Que importantes son todos los sentidos.

Y es que el ser humano no puede vivir ni formar recuerdos e historias, mirando a una pantalla, por mucho que esté sucediendo en ella. Nuestros recuerdos, que finalmente se convierten en historias, requieren de todos nuestros sentidos. Entre mas sentidos estén involucrados en una experiencia, mayor será el impacto en nosotros. Habrá mayor recordación, y tendremos mayores posibilidades de crear nuestras historias.

Aristóteles decía: “nada hay en mi intelecto, que no haya pasado por mis sentidos”.

Y esto es cierto hasta nuestros días. Las empresas y los mercadólogos lo saben. Por ello es que utilizan todos los medios posibles para estimular nuestros sentidos.

¿Recuerdas esos días maravillosos cuando podíamos ir a alguna de esas tiendas/almacén, donde casi casi almorzábamos tan solo con las muestras de comida que te ofrecían al pasear por los pasillos? No era una simple entrega de muestras. En realidad, estaban estimulando todos tus sentidos. Estaban creando la historia de su producto, en tu mente. Te muestran el paquete con fotos atractivas, lo puedes tocar, Lo abren y te recitan todas sus cualidades y características, para después ofrecerte directamente una muestra, en un desplante de arrogancia y confianza en que te están ofreciendo algo muy bueno, o en otros casos, ahí, frente a tus ojos, tus oídos, tu olfato, y tu gusto, preparaban un platillo en segundos, para ofrecértelo y que tú salieras corriendo a buscarlo en los anaqueles. Todos los sentidos impactaron tu mente para que pudieras tomar una decisión. Es el famoso “sampling”, o entrega de muestras y se da en todas partes. ¿Te han dado regalitos cuando compras perfumes? Saben que sólo el empaque bellísimo, lo brillante de la caja, el increíble diseño del contenedor no son suficientes. Falta el sentido del olfato, y se van a asegurar de que lo complazcas.

Sólo que, esta pandemia, nos está complicando la vida. Todas esas oportunidades que teníamos en el pasado para experimentar la vida con todos nuestros sentidos, cada vez están más limitadas. Yo estoy convencido de que es algo temporal. Pero… ¿Y si no?

Historias más allá del celular.

Debemos de comenzar a generar historias de vida que vayan más allá de la pantalla de una laptop, o de un teléfono celular.

Por mucho que me digan que el teléfono me permite interactuar como si estuviera en vivo con otras personas, la realidad es que la experiencia puede ser cada vez más monótona. Para mí, interactuar contigo, incluye poder verte a los ojos. Saludarte de mano y en el mejor de los casos, darte un abrazo, percibir tu aroma, leer tus gestos en el momento de la conversación y mientras hago todo esto, también expresar mis sentimientos. Esos momentos, pueden constituir una verdadera historia, cargada de vivencias y sentimientos.

En la pantalla, cada vez más, me encuentro asistiendo a reuniones en las que la mitad de los asistentes, no tiene la decencia de encender su cámara. El porqué, no lo sé ni me interesa. Asistir a una reunión, es ESTAR con todos mis sentidos, o bueno, con los que aplique. Quienes tienen su cámara encendida, aún después de año y medio, dan la impresión de estar divagando. Muchos otros, están ahí, con cámara y todo, pero con el celular en la mano, enviando tuits o mensajes de whats.

En el hogar, la situación tampoco es alentadora. Aquellos momentos en que ansiábamos llegar a casa, se han perdido, porque todos ¡estamos en casa! Los niños, que antes pasaban sus mañanas en la escuela, que es una verdadera generadora de historias, ahora están en casa, mirando a una pantalla, quizá jugando “al Nintendo” como dijo alguien, chateando con algún compañero también harto de la situación, pero sin poder salir a correr, jugar, revolcarse, incluso una buena pelea puede resultar en una gran historia.

Siempre recuerdo aquel día, único día en que me peleé con un tipo que me hacía bullying en la secundaria. No recuerdo su nombre, pero recuerdo bien que mis asesores profesionales (en un colegio jesuita), me entrenaron tan bien, que al primer golpe que le di en el sitio que me habían dicho – los labios – saltó un chorro de sangre que asustó al otro y se fue. Fin del bullying. Fin de la historia. Pero es buena, ¿apoco no?

Las historias son útiles.

Todos, sin querer, hemos venido construyendo un caudal de historias que en algún momento nos servirán para ejemplificar alguna situación, para impresionar a otros, para probar que podemos hacer algo o que no podemos, para dejar constancia de nuestra existencia. Vienen a nuestra mente en el momento menos esperado.

Una buena historia, nos sirve para enamorar a alguien, para disuadir a otros de meterse en problemas, para lograr que un niño se meta a la cama y se duerma. Nos hará mas atractivos e interesantes o nos servirá para alcanzar peldaños que deseamos subir.

Y mi gran preocupación, de nuevo, es que no estamos generando historias de vida suficientemente interesantes para nuestro futuro.

¿Qué le vas a comentar a tu esposo en algunos años? “Mi vida, recuerdo perfecto lo guapo que te vi, cuando encendiste tu cámara en aquella reunión de zoom con todos los gerentes de la empresa, pero yo, solo tenía ojos para ti” o quizá: Recuerdo que me impresionaste tremendo cuando diste esa respuesta en aquella video conferencia, en la que solo me distraía pensar en qué traerías puesto debajo de la cintura ese día.

¿Qué vamos a contar?

O quizá todas nuestras historias estarán relacionadas con “lo cerquitita” que el virus estuvo de nosotros, o con el número de personas cercanas que lo tuvieron y cuántas dieron un paso al más allá como consecuencia del mismo.

Es momento de comenzar a ser creativos y explorar nuevas formas de interactuar con los demás. Formas que impacten, que nos permitan explorar la intimidad de los demás, de la forma en que lo hacemos cuando estamos solos con alguien, tomando un café.

Quienes han tenido el bicho este, aunque haya sido sin grandes consecuencias y con pocos síntomas, coinciden en que no es una experiencia que le deseen a nadie. Es mejor cuidarse por ahora, en lo que esperamos la normalidad que, estoy seguro, llegará, así que comenzar a tomar riesgos innecesarios, por más que muchos lo estén haciendo, no es la opción.

Con las herramientas que tenemos hoy, en la situación que estamos viviendo, ¿qué puedes hacer para que “tu vida en época de pandemia” no vaya a contener sólo historias de terror?

¿Cómo puedes acercarte a tu familia, que quizá se encuentra en lugares dispersos por el país o el mundo? ¿Cómo vas a generar historias emocionantes entre los miembros de tu hogar, o de tu círculo de amigos, o de tus compañeros de trabajo?

Si al finalizar la pandemia, se te prohibiera hablar de ella, ¿qué historias contarías? Piénsalo.

Me encantaría recibir comentarios con sus ideas y sugerencias. Así, todos nos podemos enriquecer.

Hasta la próxima.

JL

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