Revista de Marketing y Negocios

Incredulidad, miedo y desinformación: medios e influenciadores

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A propósito de la forma en que se han comunicado los hechos violentos ocurridos en México el domingo 22 de febrero

Vivimos una paradoja extraña pero común en muchas partes del mundo: desconfiamos de los medios de comunicación, cuestionamos su línea editorial, dudamos de sus intereses… pero otorgamos credibilidad inmediata a figuras en redes sociales que rara vez sometemos al mismo escrutinio.

La lectura que doy a esta situación es que lo que hoy vivimos se no se trata de una crisis de medios, sino una crisis de confianza.

Parte de la desconfianza tiene fundamentos reales. Una porción de los medios que hoy operan no tiene rigor periodístico, verificación de fuentes o estándares profesionales. La lógica del clic y la inmediatez ha sustituido en muchos casos al contraste de fuentes y al contexto.

En paralelo, existen medios serios, con procesos formales y periodistas profesionales, pero con líneas editoriales marcadas. Esto no es en sí mismo ilegítimo, pues toda publicación tiene un enfoque, pero cuando la narrativa se percibe sistemáticamente inclinada hacia lo oficialista o hacia lo contestatario, la audiencia comienza a sospechar no del dato, sino de la intención.

Finalmente, hay casos más complejos: información real, incluso inédita, que responde a agendas específicas. Filtraciones parciales, documentos estratégicamente entregados, datos ciertos pero incompletos. El resultado es una conversación pública fragmentada, donde cada pieza parece servir a intereses particulares.

La consecuencia es clara: el ciudadano ya no recibe la información con confianza automática. La interroga. La duda. La contrasta, o al menos eso intenta, pero en ocasiones, de forma inexacta. Y eso, se replica, se extiende, se convierte en el dicho del dicho del dicho. Una locura.

En adición, contamos con otro ingrediente. Mientras cuestionamos a medios con procesos editoriales, otorgamos credibilidad plena a líderes digitales cuya influencia descansa más en el carisma que en el rigor.

En redes sociales, la lógica es distinta. No hay editores, no hay filtros formales, no hay obligación de objetividad. Sin embargo, cuando una figura con miles o millones de seguidores emite una opinión, una acusación o un “dato”, el contenido se replica en cuestión de horas. Se multiplica sin fricción.

Y, lo más relevante: rara vez se cuestiona.

El fenómeno tiene raíces emocionales. Las redes construyen comunidades de afinidad. Seguimos a quienes confirman nuestras creencias, hablan nuestro lenguaje y representan nuestras frustraciones o aspiraciones. La identificación sustituye al análisis.

El problema no es que existan nuevas voces, el problema es el fanatismo acrítico. Cuando la audiencia suspende su capacidad de cuestionamiento frente a ciertos liderazgos digitales, el estándar de exigencia se vuelve desigual: hipercríticos con el periodismo profesional, indulgentes con el influencer a quien sí le creemos.

Esta asimetría profundiza la desinformación. Porque si a la fragilidad del ecosistema mediático se suma la viralización acrítica de contenidos en redes, el resultado no es mayor pluralidad: es mayor confusión.

El rumor compite con la investigación.
La opinión compite con el dato.
La narrativa emocional compite con el contexto.

En este entorno, la verdad se vuelve relativa y el descrédito generalizado erosiona el tejido social. Cuando nadie cree en nada —o solo cree en lo que confirma su identidad—, la conversación pública se fragmenta. Y el caos beneficia siempre a quienes operan desde la opacidad.

La solución no está en idealizar el pasado ni en demonizar lo digital. Tampoco en intentar controlar la conversación. La salida pasa por elevar el estándar de todos los actores.

Desde la comunicación estratégica, podemos impulsar cuatro acciones concretas:

1. Transparencia

Quien sea que hable (incluso nosotros, en un contexto informal) debe hacerlo con responsabilidad y conocimiento estructural: datos verificables, contexto, imparcialidad y actualidad.

2. Rigor

Es momento de respaldar activamente al periodismo profesional que sí invierte en investigación, contraste y verificación. No todos los medios son iguales. Diferenciar es clave para no alimentar el descrédito indiscriminado.

3. Educación sobre la creación de una noticia

Hay que contribuir a que las audiencias comprendan cómo se produce, cómo se verifica y cómo se manipula la información. Una sociedad que entiende los procesos es menos vulnerable al fanatismo.

4. Vocería responsable y fiel a los hechos

Las organizaciones y líderes deben asumir que cada declaración pública tiene impacto. En tiempos de viralización instantánea, la responsabilidad no es opcional.

Quizá la pregunta no es solo por qué no le creemos a los medios, sino por qué creemos tan fácilmente en otros. Y es que el desafío no consiste en restaurar una fe ciega en el periodismo ni en desacreditar las voces digitales. Consiste en recuperar el criterio como valor central.

Creer menos por afinidad y más por evidencia.

Cuestionar con equilibrio.

Exigir transparencia sin convertir la sospecha en norma absoluta.

Porque cuando la verdad pierde terreno frente al ruido, no gana ningún medio ni ningún influencer. Perdemos todos.


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Alba Vela

Estratega en comunicación corporativa, mkt y crisis| CSO en PRP México

Profesional de la comunicación con 25 años de experiencia. Enfocada en la creación de estrategias de posicionamiento y blindaje para marcas de diversos sectores. Alba está convencida de que la comunicación es un pilar fundamental en la salud y el crecimiento de los negocios, y que ésta debe actuar a favor de la trascendencia de personas y empresas.

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