Mericrismas

Con este caótico cierre de año se da casi por terminado un año que para muchos fue complicado en salud, en lo familiar y/o en el trabajo. Ya no hablamos de lo económico o de lo político, porque en lugar de columna habría que escribir una enciclopedia, por ponerle un formato.

Me puse a hacer un recorrido de los meses duros, los meses anodinos, los meses eternos, las semanas de ocio, las semanas de penurias… y cierro ese recorrido con la esperanza poco probable de que 2021 mejore lo que nos trajo 2020.

Todo ello me llevó a recordar la navidad inminente, la triste y solitaria que muchos pasaron en 2019, y de repente las navidades de antes de la pandemia empezaron a hacer un recorrido en reversa hacia mi infancia.

Es claro que la temporada navideña ya no es como era antes, o ya no me lo parece por lo menos.Pensando en eso, me pareció divertido rescatar un texto que escribí hace algunos años acerca de algunos de los cambios que recuerdo de esta temporada a lo largo de mi vida.

En efecto, la navidad ya no es como antes es porque, afortunadamente, el mundo evoluciona… sí, ya sé lo que pensaste ‘ái viene la grinch a darnos un discurso antinavideño’… pero no.

La navidad de antes

Cuando yo era niña (porque sí, alguna vez fui chiquita), te enterabas de las cosas que querías que te regalaran por la tele o en las tiendas, unas tres semanas antes de que fuera navidad, es decir, ya en diciembre. En noviembre era impensable ver adornos de temporada o las novedades jugueteriles.

Todo era misterio, expectativa, emoción.

En casa, mi papá tenía ese curioso hábito de coleccionar cierto tipo de miembros del mundo de la fauna a lo largo del año, a los que les ponía nombres extraños como de personaje de novela. Conforme se acercaba el fin de año, decidía ir por un pollo o un guajolote, mismo que a pesar de haber recibido un nombre, nos lo zampábamos con un buen relleno y un puré de papa con el ingrediente secreto de mi madre y que era espectacular. La última criatura que recuerdo habernos cenado se llamaba Balbina.

La publicidad era más bien ramplona y simple. De forma muy básica te mostraban las funcionalidades de los juguetes de estreno en la temporada, y también había una especie de infomerciales que protagonizaban los personajes de la tele cotidiana, onda Chabelo pero sin concursos, donde durante media hora te hacían un soporífero recorrido por los juguelotes y los precios. De ahí salieron muchas ideas que el susodicho Chabelo aplicó en su ya extinto programa, generación tras generación tras generación. 

Lo padre era eso. Lo corto de la temporada, donde se acumulaban infinidad de sentimientos, veías a los abuelos y a los tíos, te servían en unas copas que sólo ese día salían del trinchero del comedor (qué trinche nombre, me choca) y todo era un cúmulo de abrazos, besos y amor.

El árbol de navidad se había puesto hacía un par de semanas, el nacimiento había tomado por lo menos dos días, con estrellas, arroyuelos y todos los habitantes de un poblado equis, todos mirando hacia un pesebre que no tenía niño… porque hasta el 24 a las merititas 12 se hacía la ceremonia de su nacimiento, todo vestidito con elegancia y distinción.

La navidad de ahora

Me encanta. Si bien hay una parte en la que veo que aparecen los artículos navideños en agosto que se interpreta (mal o bien) como una ambición desmesurada de extender la vendimia nochebuenera lo más posible, también hay que reconocer que nos trae un poco de alivio a todo ese marasmo de noticias negativas una tras otra.

A mí me pasa que la niña que sentía que se hundía en esas enormes copas del trinchador sale a regocijarse con todas las monerías que inventan cada temporada y que se ven chulísimas en las fachadas y en las salas… de los demás (jaja).

Los infomerciales han cambiado, ya no son soporíferos de media hora en blanco y negro. Ahora son unos bodrios igual de mal producidos y con el mismitito lenguaje de entonces ¡llame ya! Y que ahora compras #DesdeLaComodidadDeTuCasa y con una tarjeta de crédito que llega a enero necesitando, por lo menos, medias suelas.

Las tradiciones se han modificado, eso es indudable, pero algo que valoro y me fascina hasta el éxtasis es que la tecnología nos permite estar en contacto con tantos que ahora están a la distancia y que, en otras épocas, o no volvías a ver, o te llegaba una carta de cuando en cuando con el agilísimo ‘servicio’ mexicano servicio de correo.

Lo más importante es no achicopalarse. Muchos entran en depre cuando es una época de regalos, de comer bien y de hacerse de arrumacos sin necesidad de pretexto.

Esta semana festejaremos con distancia y con precauciones, y quizá la cena y los regalos vayan a ser menos ostentosos. No importa. Mejor que tengamos sillas vacías en el comedor, de forma temporal, y no sillas permanentemente vacías por no habernos cuidado cuando debimos.

Disfruta, celebra, date el permiso de comprarte eso que le traes tantas ganas… y desconéctate de todo eso que allá afuera insiste en querer echárnosla a perder.

Mericrismas & japiyunier. #Cuídate

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