Hay dos tipos de personas en esta industria: las que dicen que los premios no importan… y las que ya están preparando el post de LinkedIn por si ganan uno.
Y, siendo completamente honesta, yo he sido ambas.
Después de la planeación, los problemas de presupuesto, las juntas eternas y todo el caos que implica desarrollar una de esas campañas que terminamos odiando tanto como amando, escuchar el nombre de tu marca en un escenario se siente distinto. Sonríes, gritas, recuperas el aliento, volteas a ver al equipo y piensas: sí, todo esto valió la pena.
Creo que a todos los que trabajamos en marketing nos gusta ganar premios. Nos emociona ver nuestro trabajo reconocido. Nos gusta compartirlo con el equipo y nos recuerda el glamour de esta profesión.
El problema no es ganar premios.
El problema es cuando empezamos a creer que un premio define si una campaña fue exitosa.
¿Las campañas que ganan premios son realmente las mejores?
No necesariamente.
Los premios reconocen las campañas que mejor responden a sus criterios de evaluación y que logran construir un caso convincente.
Y eso no siempre es lo mismo que reconocer la campaña con mayor impacto en el mercado.
Porque un jurado no evalúa una campaña como se vivió.
Evalúa un caso.
Ve una historia cuidadosamente estructurada. Un reto claro. Una idea poderosa. Resultados resumidos en un video de pocos minutos.
No es que el caso mienta.
Es que, inevitablemente, el caso siempre es una versión más limpia que la realidad.
Y eso está bien.
También hay una habilidad que pocas veces reconocemos.
Entender las categorías.
Saber dónde inscribir una campaña, cómo construir el caso y cómo responder a los criterios de evaluación puede marcar una diferencia enorme, es parte del juego.
Pero también es cierto que no todas las campañas encajan naturalmente en las categorías que existen.
Y eso no las hace menos valiosas.
El verdadero dilema aparece cuando dejamos de preguntarnos si una idea resolverá un problema de negocio y empezamos a preguntarnos si ganará un premio.
Cuando confundimos sorprender a un panel de jurados con construir una marca que realmente conecte con las personas.
Porque no siempre son la misma cosa.
Si el reconocimiento profesional depende, en gran parte, de ganar premios, es natural que muchas ideas empiecen a evaluarse más por sus posibilidades de ganar que por su capacidad de resolver un problema de negocio.
Ahí es donde vale la pena recordar que los premios deberían ser una consecuencia de hacer un gran trabajo. Nunca el objetivo.
Porque los premios los entrega un jurado, pero las marcas las construyen las personas.
Y también hay un enorme valor en esas campañas que, más allá del caso y del reconocimiento, cumplen su objetivo y dejan a un equipo orgulloso de lo que construyó.
Ese sigue siendo, para mí, el reconocimiento más importante al que cualquier marketer debería aspirar.
