¿A dónde fueron los chicos buenos?

Es muy normal que los consumidores tiendan a dar ciertas características a empresas e instituciones; esta percepción marcará de manera inevitable la relación de la persona con una firma, servicio o producto y, por supuesto, será determinante en el momento de tomar decisiones.

Para ilustrar esto pongo un ejemplo muy sencillo: ¿cuál es tu percepción de la palabra Disney? ¿Cuál es tu precepción de la palabra Telmex?

Así como las marcas tienden a generar relaciones de amor y odio con los consumidores, lo mismo ocurre con los diferentes sectores de actividad económica; uno que tradicionalmente ha mantenido una mala fama es el financiero liderado por Wall Street. Las personas y empresas que participan en este sector llevan el estigma de ambiciosos y de tener la capacidad de vender a su propia madre si esto le genera beneficios.

Esta fama ha sido ganada prácticamente a pulso desde hace ya muchos años; cuando la economía mundial fue derribada por una serie de decisiones muy cuestionables de este sector en 2008, fueron millones los que sufrieron la pérdida de sus ahorros, de sus casas o de sus trabajos; prácticamente todo mundo sufrió la crisis… menos quienes la provocaron.

Así como hay empresas “intrínsecamente” malas también hay las que nacen con una idea, llamemos superior, la cual busca revertir todos los males de los que ya llevan mucho tiempo en el mercado: Chicos buenos que simplemente quieren hacer las cosas bien. 

Uno de esos chicos buenos se llamaba Robinhood, una empresa creada por dos jóvenes egresados de la Universidad de Stanford enfocada a “dar entrada a los mercados a cualquier persona y no sólo a los ricos”. Llamada de manera romántica de la misma forma que el folklórico personaje que habitaba en el condado de Nottingham y cuya misión era la de robar a los ricos para repartir entre los pobres.

Todo mundo sabe la implicación de Robinhood en el reciente asunto de la Bolsa de Valores de Nueva York, donde un grupo de editores de Reddit se dieron la misión de “darle su merecido” a los codiciosos del sector financiero. Para ello utilizaron las acciones de una empresa que, para la gran mayoría de ellos. representaba lugares y momentos muy felices. Una empresa “buena”.

GameStop era muy querida debido a que en uno de sus locales habían adquirido su primera consola de videojuegos, en estos locales habían comprado y vendido juegos así como accesorios del gadget del que mejores recuerdos de la infancia tenían.

GameStop estaba en peligro, ¿por qué no ayudarla?

El resultado ya lo vimos; fortunas creadas de la noche a la mañana, ricos inversores quejándose de les aplicaran a ellos las mismas reglas y legisladores cuestionando la regulación de Wall Street; la justicia estaba servida y los malos habían recibido su merecido.

Justo en medio de la celebración Robinhood anunció que limitaría y que, incluso, detendría el movimiento de acciones de GameStop (y otras) dentro de su plataforma. La reacción inmediata de todos los integrantes del movimiento fue la de acusar a la startup de ceñirse a “las reglas impuestas por los malvados capitalistas de Wall Street” y de ser una empresa que se sumaba a la gran cantidad que abandonaban los ideales en aras del capital.

La decisión de la directiva de Robinhood respondía más a los reglamentos de funcionamiento de ese tipo de negocios que a una sumisión, sin embargo esa no fue la percepción de los nuevos cibercapitalistas y el daño ya estaba hecho.

Robinhood ahora era una empresa “mala”.

¿Cuántas empresas han pasado por este ciclo?

El nacimiento de Internet fue una época un tanto optimista, vimos el surgimiento de varias firmas que, por su propio origen, parecían hechas de una manera distinta. Empresas que parecían estar más del lado de consumidor que de las ganancias indiscriminadas. Negocios con valor humano que comenzaron a ofrecer servicios que parecían destinados a hacer de éste un mundo mejor.

Empresas creadas por “chicos buenos”.

Una nueva forma de trabajar que reflejaba el idealismo de las nuevas generaciones. Sus logotipos fueron coloridas insignias de esperanza para un valiente nuevo mundo, sin embargo, esta esperanza no tardó en transformarse en decepción.

Los chicos buenos se perdieron:

Google llegó presumiéndonos su eslogan de “Don’t be evil” y aunque por años fue el prototipo de la empresa “buena”, no tardó mucho en contradecirse; en la actualidad está creando un buscador hecho a las necesidades de censura del gobierno de China y fue todo un escándalo cuando se dio a conocer que estaba colaborando con la industria militar de Estados Unidos, entre muchas otras cosas.

Apple comenzó su vida corporativa como la pequeña empresa que competía en desigualdad con los gigantes ofreciendo productos diferenciados e innovadores a los jóvenes creativos que estaban por conquistar al mundo; hoy son conocidos sus esfuerzos por limitar y eliminar la posibilidad de reparar sus productos de manera independiente, es sospechosa de aplicar la obsolecencia programada y de ayudar al gobierno chino a limitar las apps utilizadas en las protestas de Hong Kong, entre otras cosas.

Uber nació como una fresca alternativa de trabajo para muchos propietarios de automóviles y ahora es un enorme gigante corporativo que hace oídos sordos a los justos reclamos de sus asociados y los niega como parte de integral de su servicio.

Facebook pasó de ser el sitio para compartir momentos, de reencuentro con viejas amistades, para transformarse en un terrible monstruo que es capaz de vender nuestros momentos más íntimos por unas monedas; es ahora un ente capaz de interferir con elecciones y otros procesos, en aras de la ganancia económica.

Amazon, la modesta y alternativa librería en línea ahora es un leviatán que ha sacado del mercado a los pequeños retailers y que ha armado un enorme ejército de trabajadores semi esclavos, que necesitan permisos especiales para poder desahogar la vejiga.

¿A dónde fueron los chicos buenos?

Creo que son muchos los emprendedores que comienzan su historia con ideales de cambio y de diferencia, sin embargo en cierto punto, la gran mayoría los pierde.

Cuando llegan los miles de millones, y la posibilidad de obtener muchos más, es muy fácil perder el piso, olvidar las motivaciones originales y mejor pensar en proyectos faraónicos como trenes flotantes o programas espaciales personales.

Nunca voy a negar que el fin último de una empresa es el de generar ganancias, pero, ¿hasta que punto es válido tirar a la basura los ideales y transformarse en un capitalista depredador más?

¿Hasta que punto es válido echar al suelo una imagen positiva en aras de las ganancias económicas?

¿Cuál es el precio de los ideales?

A manera de colofón: curioso que, luego de toda la vorágine de la bolsa de valores, uno de los grandes ganadores fue una pequeña sociedad inglesa, establecida en el condado de Nottingham, dedicada a mantener la historia del buen ladrón, Robin Hood.

Sin saber la razón, comenzaron a tener un incremento brutal de seguidores en redes sociales. Su cuenta de Twitter pasó de 350 seguidores a más de 60 mil en cuestión de minutos.

A río revuelto…

Armando Reygadas Anfossi
Armando Reygadas Anfossi
Viví la revolución digital en carne propia; di mis primeros pasos en medios tradicionales impresos y la radio; desde ahí salté a Internet. Comunicador especializado en tecnología, redes sociales, medios digitales y marketing en línea; me dedico a la ‘blogueada’ desde los 90s. Hasta la fecha participo en programas de radio así como podcast, además de editar reseñando.com.

Este autor escribe en Soy.Marketing los días jueves de cada dos semanas.

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