¿Cocaína sin culpas?

Los adictos también son personas con conciencia social.

Todos conocemos los problemas del tráfico y el uso de drogas. Además de las consecuencias de tipo social como las adicciones, la disolución familiar y muchos otros, quizá el que más capta la atención del público es la estela de dolor que deja a su paso:

Campesinos explotados, cientos, quizá miles de “mulas” sacrificadas ante las autoridades para el traslado de los narcoproductos; la violencia de los propios carteles de la droga en su lucha por afianzar plazas y rutas de distribución.

Cada año son millones de personas las afectadas en su salud, su libertad o, de plano, su vida por un problema al cual no se le ve ningún tipo de mejoría en un futuro cercano o a medio plazo.

El fenómeno del uso y tráfico de drogas no ha sido entendido ni atendido de la manera correcta y, a la vuelta de varias décadas ‒a pesar de lo que se diga‒, todo sigue igual o peor.

Narcomarketing

Resulta que no importa la baja ralea de un negocio o de quienes participan en éste; la mercadotecnia siempre puede tener un papel relevante a la hora de diferenciar tu producto de los de la competencia. Tengo que decirlo a manera de advertencia, lo que voy a escribir no es de ninguna manera cierto, es tan sólo la estrategia que se le ocurrió a algún dealer con demasiada visión y que reporteros así como escribanos de diversos medios se tragaron como historia real en un afán de lograr más clics.

Estoy hablando de algo que se conoce como “Woke Coke”.

Imagínate algunos gramos de cocaína que, en vez de haber seguido la ruta habitual de dolor, sangre y muerte, fue cultivada de manera sostenible por campesinos sudamericanos a los cuales se les pagó mediante un esquema de comercio justo y equitativo. Que pasó por un proceso de elaboración que sólo utilizó ingredientes naturales y jamás vio comprometida su pureza al ser recortada con sustancias que podrían afectar de peor manera la salud del usuario.

Una cocaína libre de violencia, ya que no tuvo que pagar peaje en las luchas de poder de los grupos delictivos y que, en un verdadero estado de pureza tanto integral como de origen y traslado, llega al usuario final con toda la superioridad moral que esto implica.

Todo el efecto de la cocaína, pero sin la carga ética que implica el uso de sustancias prohibidas.

¡Cocaína sin remordimientos!

Lo peor de todo es que este fenómeno tuvo un gran repunte este año dentro de algunos círculos sociales en Londres. Una gran cantidad de consumidores de esta droga se dejaron engañar por distribuidores que ofrecían lo increíble: cocaína sin culpas.

Para poder obtenerla, era necesario pagar casi el cuádruple del precio normal de la sustancia. La tranquilidad mental, por supuesto, tiene un alto precio.

Como muchos otros elementos familiares a los que se les coloca esta misma etiqueta, muy pronto se puso de moda y fue motivo de orgullo esnifar de forma “socialmente comprometida”. Si los huevos son de gallinas libres y el café es producido por campesinos guatemaltecos no afiliados, ahora el perico podía también ser del “correcto”.

Lo curioso es que esta modalidad de narcomarketing no es nada nueva; ya había sido reportado otras veces por diversos sitios de noticias de varios países. Al parecer es uno de esos casos virales de Internet, como la información sobre la visión de un planeta Marte gigante o del cobro de Whatsapp, que parecen regresar de manera cíclica conforme pasan los años.

Hasta la fecha ningún medio serio ha confirmado de manera fehaciente la existencia de algo llamado Woke Coke, y de hecho autoridades de varios países han advertido que esto no es, para nada, algo real.

Todo el tema de una “cocaína sin culpabilidad” parece ser el fruto de la imaginación enferma y de los esfuerzos de algún dealer para convencer a clientes, que mal entienden lo que es la conciencia social, a pagar de más por el mismo producto.

La reflexión que me deja este curioso capítulo es una simple pregunta: ¿Hasta qué punto están dispuestos los consumidores en aceptar como real una aseveración por parte de un comerciante con tal de silenciar a los fantasmas de su cabeza?

Al parecer hay poca diferencia en que esta declaración provenga de un narcotraficante o una agencia. Si hay quien le cree al dealer, ¿por qué no habrían de creerle a quienes invierten millones de dólares para mantener una apariencia pura y amigable?

¿Acaso las frases “ecológico”, “origen ético”, “trato justo” y “sustentable” tienen el poder mágico suficiente para convencernos de comprar un producto ‒aunque sea más caro‒ y así mantener tranquila nuestra conciencia?

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