Consistencia retórica y el poder del «Yes, we can»

Consistencia retórica y el poder del «Yes, we can»

Hagamos un ejercicio de imaginación. Supongamos que usted es candidato a la presidencia de su país. Las encuestas populares lo posicionan como el favorito en el ruedo electoral. Su campaña ha sido impecable hasta el momento.

Tiene presencia en todos los medios y ha logrado convencer a muchos de que un voto por usted es un voto por el cambio que la nación tanto necesita. Su equipo está compuesto por los mejores: entre estrategas electorales, asesores técnicos, publicistas, encuestadores, operadores, coordinadores de campo, grupos de avanzada, mercadólogos, analistas de imagen y un excelso grupo de intelectuales que dominan los problemas que aquejan a su país y a los ciudadanos.

Todo le favorece, sólo tiene un pequeño problema: le cuesta mucho hablar en público. Padece de agorafobia y miedo social. No puede hilvanar una idea si no tiene un discurso en mano o, en su defecto, un teleprompter que lo auxilie. Es incapaz de improvisar.

Le diré la verdad: aunque usted tenga un ejército de especialistas en política y estrategia electoral, su carencia retórica, inevitablemente, destina todo su esfuerzo al fracaso. Si no sabe comunicar eficazmente, mejor ni se postule como candidato.

Cuando pensamos en el discurso político-partidista es inevitable clasificar cada disertación correspondiendo al actor que lo pronuncia y a su consistencia retórica.

Algunos nos suenan a una narración insípida de anécdotas, otros nos confunden porque no es más que cantinfleo adornado y disfrazado de prosopopeyas (dicen sin decir nada, o bien, dicen en una hora lo que pudieron haber dicho en cinco minutos), pocos discursos logran erizarnos la piel y convencernos de que lo dicho también puede ser hecho. Muchos políticos cometen el error de atiborrar su oratoria con metáforas elaboradas y palabras poco usuales que sólo transforman al líder en un simple demagogo que busca votos. El buen discurso electoral es aquel que permite influir y movilizar a diversos y nuevos públicos para conseguir metas, librar retos e impulsar proyectos políticos nacientes.

El análisis discursivo es una disciplina que comenzó a popularizarse en Estados Unidos a principios de 1960. Los estadounidenses son expertos en este tema: los candidatos no van a ninguna parte sin su asesor de discurso, el Presidente no sale de la Casa Blanca sin su speechwriter. Hablar del discurso no es sólo remitirse a la palabra hablada, sino, de igual manera, al lenguaje no verbal que transmite mucho más de lo que se piensa. Un estudio sobre el análisis cuantitativo del discurso político publicado por Este País en 2011, muestra que el 55% del mensaje político es interpretado a través del lenguaje corporal, 38% a través de la voz y únicamente el 7% a través de las palabras.

Estados Unidos ha dado al mundo grandes oradores (Desde John F. Kennedy, pasando por Martin Luther King hasta llegar a Obama).

Está de más decir que el presidente Barack Obama ganó las elecciones del 2008, no por ser afroamericano –como muchos creen–, ni por su positivo postulado «Yes, we can», sino por su formidable capacidad de captar la atención de las masas por medio de sus acciones y palabras durante la campaña. Sin duda, el mejor discurso de Obama fue impartido en New Hampshire el 8 de agosto del 2008.

Después de ser derrotado en las primarias por la candidata de su mismo partido, Hillary Clinton, Barack Obama salió a escena con el objetivo de aceptar que los resultados de la elección interna no le favorecían, pero, sobre todo, con la intención de hacer lo imposible: Cambiar el parecer del electorado por medio de un simple discurso. La realidad nos lo demuestra: logró su cometido. ¿Cómo lo hizo? La respuesta es sencilla: Dotó su discurso de un tono emocional único encaminado hacia lo que mueve a todo estadounidense: su historia. Les habló a los ciudadanos en tono personal, pero sin dejar a un lado la formalidad que implica una candidatura presidencial.

Su argumento principal fue impecable, la lógica de la argumentación engrandeció sus palabras, dio soporte a sus frases y -quizá lo más importante- el cierre de su oratoria conmovió al mundo entero para posicionarlo como aquel candidato que el país necesitaba.

Me doy a la tarea de analizar el video en Youtube para constatar qué es un buen discurso de campaña.

Con una duración de 10:35 minutos, este texto de gran calidad literaria es un viaje por la historia norteamericana, un desmembramiento de las adversidades nacionales y una serie de propuestas de cambio que el virtual candidato responde con un contundente «Yes, we can» («Sí podemos»), estribillo que utiliza como soporte de su actividad retórica.

Cuando ha llegado al clímax de su disertación, cuando las miles de almas que presencian este evento están encantadas con lo que ven y escuchan, después de narrar la historia de su país con precisión, Obama aviva la voz y cierra con lo siguiente: «Somos un mismo pueblo, somos una nación y juntos comenzaremos el próximo gran capítulo de la historia de Estados Unidos con tres palabras que sonarán de costa a costa, de un océano a otro: ¡Sí podemos! ¡Sí podemos! ¡Sí podemos! (Yes we can!)».

Tal fue el impacto de este mitin, que la banda The Black Eyed Peas compuso una canción basada en lo que dijo el entonces candidato demócrata. El texto nos recuerda el famoso alegato de Martin Luther King dictado en la escalinata del Monumento a Lincoln frente a una multitud que correspondía a la Marcha en Washington por el trabajo y la libertad, llevada a cabo en 1963. King también se colgó de una sola frase para mover corazones: «I have a dream» («Yo tengo un sueño»).

Para triunfar en una elección presidencial es necesario generar discursos perfectos que contengan componentes básicos que impacten y motiven.

Es necesario transmitir ideas sencillas para la mejor comprensión por parte del auditorio destinado, con un contenido sólido, evitando a toda costa los errores comunes como la imprecisión verbal y la exageración; siendo concisos y lo más breves posible, dominando el lenguaje corporal y siendo claro en lo que se dice con palabras. Suena sencillo, pero es más complejo de lo que se piensa. Terminemos con nuestro ejercicio de imaginación. Si usted quiere ganar esta elección, primero gánese al público por medio de una disertación impecable. El tema es amplio y esta columna corta. Seguiremos hablando del «hablar» en otro momento. Hasta la próxima.

Diego Fernández G.
Nació y vive en México. Analista de lo cotidiano y conversador incesante. Es estudiante de Administración Pública en la Universidad Anáhuac, pero también escritor a ratos. Quizá ninguna otra vocación le guste más. Es articulista en distintos medios. Sin embargo, también es amante de la Historia, de la Política y de la Literatura. Obtuvo el Premio Nacional de Expresión Oral y Escrita “Octavio Paz”.