Ídolos nacionales.

Mas si osare un extraño enemigo…

En la mayoría de los países del mundo, sobre todo aquellos que se ven invadidos de manera continua por hordas de turistas extranjeros, la mayor cantidad de quejas son generadas por quienes tienen su origen en Estados Unidos. Al parecer, la gran mayoría de ellos tienen la seguridad de que existe un excepcionalísmo que los hace superiores a los locales.

Cargan con un sentimiento que los hace pensar que, por haber nacido en donde lo hicieron, son únicos debido a características que creen les son exclusivas.

Vaya, les cuesta trabajo pensar que en otros países hay cosas como instituciones democráticas, libertades garantizadas u otras cosas de las que creen que su país es pionero o inventor. Una vez conocí a una señora originaria del estado de Idaho que tenía la seguridad de que en México no celebrábamos un día de la independencia.

Gente que cree que el cristianismo se inventó en su país y que Jesús hablaba inglés, que son la primera o la más antigua democracia y que todo mundo quiere irse a vivir para allá.

Algunos llegan a extremos de locura: por ahí se viralizó un video donde un gringo, en una caseta de cobro de una autopista del norte de México, exigía a gritos que lo dejaran pasar sin cobro debido a que “la carta de derechos” de su país así lo exigía.

Jamás le pasó por la cabeza la idea que las leyes podrían ser diferentes del otro lado de la frontera.

A esto, otros le llaman ignorancia o chauvinismo.

Lo curioso de todo es que ese excepcionalismo también afecta a otros países o etnias, como es muy fácil enterarse en Internet.

Toda esta idea llegó a mi cabeza luego de ver en Reddit un posteo que alcanzó una cantidad de respuestas muy extensa y que generó todo tipo de comentarios histéricos así como subidos de tono debido a un tema bastante inocuo.

Todo comenzó cuando alguien publicó una encuesta ―de esas que abundan en las redes― con la cual se establecía un ranking de las mejores gastronomías del mundo.

Lo que desencadenó la ira, la furia y las ganas de saltar al vacío envueltos en el lábaro tricolor de los defensores de la patria, no fue tan sólo el hecho de que la encuesta ubicaba a la gastronomía nacional en un humillante quinto lugar si no que, además, la colocaba por debajo de Rumania.

¡Pordiosantísimoytodalacortecelestial!… ¡¿Cómo se atreven siquiera a ponernos más abajo que un país que, además que ni siquiera podemos señalar en el mapa, nunca nos ha ganado un partido en el mundial?!

¿A ver? ¿Qué comen los rumanos? ¡Por supuesto que nadie lo sabe! ¡Nadie conoce la bazofia a la que llaman alimento! ¡Esto es una afrenta que merece una peor venganza de la que recibirán los ladrones del penacho y la doñita que inventó el pozole con salsa inglesa!

¡Guerra, guerra sin tregua por poner a los tacos, tortas y tamales en un lugar inferior a los despreciables y execrables sarmales, mămăligăs y ciorbăs de burtă!

¡Dios mío! Si hubiéramos tenido esa actitud en 1847, nosotros nos hubiéramos quedado con la mitad de Estados Unidos.

Lo mismo pasa con la bandera y el himno:

―¡Son los más hermosos del mundo! ―afirma alguien, categóricamente.

―¿Quién lo dice? ―se atreve a cuestionar algún trasnochado.

―Fue en un concurso internacional ―aseveran tomando la misma actitud con la que los zacapoaxtlas arremetieron contra las tropas de Napoleón III.

―Pero… ¿Qué concurso? ¿Cuándo fue? ¿Quiénes fueron los jueces?

El interpelado se da por ofendido y comienza a despotricar en contra de los malos mexicanos, apátridas, malinchistas que no tienen el más mínimo derecho a cuestionar cosas que son ciertas. Cosas en las que cada connacional cree con el mismo fervor que lo hace con la virgencita de Guadalupe o con la idea de que los tacos son reconocidos como la mejor comida inventada en la historia de la humanidad por los siglos de los siglos.

Lo terrible es que esto aplica para todo “lo mexicano”, desde el agua de guanábana hasta los cuadros de Frida Kahlo, sin olvidar el paso por el Olimpo nacional del pozole, la selección de futbol y Cantinflas, “al que el propio Chaplin alabó”.

Es curioso la forma en que nuestra idiosincrasia está construida a través de esas leyendas urbanas sobre imaginarios dichos y concursos de himnos y banderas, como si señoritas de la belleza se tratara; tal vez al mismo nivel que las del Pípila o los Niños Héroes.

El caso es que tenemos ciertos elementos culturales que muchos toman tan en serio como si se tratara del honor nacional encarnado y que, cuando alguien no lo reconoce, sienten como si los texanos estuvieran otra vez cruzando el Río San Jacinto.

Creo de manera sincera que la mayoría de los problemas de este país se deben a que nuestra idea de nación se parece más a un concurso de popularidad que a la de un hogar común.

Armando Reygadas Anfossi
Armando Reygadas Anfossi
Viví la revolución digital en carne propia; di mis primeros pasos en medios tradicionales impresos y la radio; desde ahí salté a Internet. Comunicador especializado en tecnología, redes sociales, medios digitales y marketing en línea; me dedico a la ‘blogueada’ desde los 90s. Hasta la fecha participo en programas de radio así como podcast, además de editar reseñando.com.

Este autor escribe en Soy.Marketing los días jueves de cada dos semanas.

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