Hay una sensación incómoda que se nos está volviendo cotidiana: abrir el celular y sentir que alguien —o algo— ya sabe demasiado de ti. No tu terapeuta. No tu mejor amigo. ¡El mismísimo algoritmo! Ese ente abstracto que no duerme, no juzga y, sin embargo, te conoce mejor que tú después de dos cafés.
Lo confieso: ando sacado de onda. Muy. Abro Instagram y ahí están otra vez: juguetes de K-Pop Demon Hunters, figuras de Spiderman, ediciones especiales, preventas del show de Luli Pampín…

Todo perfectamente alineado con los gustos de La Generala, mi chamaca de 4 años, comandante suprema de mi vida y razón principal por la que camino por la vida con dos pesos en el bolsillo y una enorme sonrisa y ojeras. No los pedí. No los invoqué. Pero llegaron. Puntuales. Persistentes. Como si el Gran Hermano ahora trabajara en marketing digital y tuviera KPIs de ventas.

La paranoia empieza suave. “Seguro es coincidencia”. Luego escala. “¿Me escuchó el teléfono?”. Y termina en una aceptación resignada: “Ok, sí lo necesito porque le va a encantar… add to cart.” Bienvenidos a la nueva ansiedad del comprador digital: ese estado mental donde sabes que te están vigilando, pero también sabes que lo hacen demasiado bien.
Antes, la publicidad te gritaba. Hoy te susurra. Te entiende. Te recomienda con la precisión de una vendedora de Oriflame. El algoritmo ya no espera a que quieras algo; lo quiere por ti. Es el Trump de tu feed: invasivo, omnipresente y convencido de que sabe exactamente lo que te conviene, aunque tú todavía no estés listo para aceptarlo. Y si no te gusta, te lo va a repetir hasta que lo ames o te rindas.

No ayuda que la cultura pop reciente refuerce esta sensación. Black Mirror dejó de ser ciencia ficción y pasó a ser tutorial. Severance nos recordó que la tecnología puede fragmentarte sin pedir permiso. Incluso en las premiaciones recientes, entre películas sobre identidades fracturadas, realidades simuladas y futuros incómodamente plausibles, el mensaje es claro: ya no controlamos del todo la narrativa. El algoritmo la edita.
¿Por qué esto nos genera ansiedad? Porque rompe una fantasía fundamental: la de creer que deseamos las cosas de forma autónoma. Descubrir que tus impulsos pueden ser anticipados —y monetizados— es un golpe al ego. No somos tan espontáneos. Somos predecibles. ¡Somos un Excel con emociones!
Y aun así… “sí funciona y funciona muy bien” (Chiste generacional. Si lo entendieron, ya les toca cita con el proctólogo). Porque mientras me quejo, agradezco no tener que buscar durante horas el juguete perfecto -y que me alcance-. El sistema me ahorra tiempo, fricción, esfuerzo. Es cómodo. Es eficiente. Es peligrosamente bueno como Groenlandia en manos equivocadas: no sabes si admirar el potencial o preocuparte por quién lo controla.
El problema no es que la tecnología nos sugiera cosas. El problema es que lo hace tan bien que deja poco espacio para la duda, para el error, para el deseo genuino. Todo está optimizado. Todo es más smooth que un whisky de más de 25 años. Todo es “para ti”. Y eso cansa. Porque vivir en un mundo donde todo te conoce es agotador.
La nueva ansiedad del comprador digital no es solo gastar dinero. Es sentir que tu vida es una beta permanente, constantemente analizada, ajustada y empujada hacia la siguiente compra. Es saber que el algoritmo no duerme, pero tú sí… y que aprovecha ese descuido.
Al final, seguimos comprando. Por amor. Por cansancio. Por conveniencia. Porque La Generala dice. Y porque, aunque nos dé miedo admitirlo, a veces el algoritmo tiene razón. Eso es lo verdaderamente inquietante.








