Las prohibiciones involutivas del siglo 21

Conforme avanza el tiempo en la historia de la humanidad, nuestra especie hace ajustes en su estilo de vida para adaptarse a las exigencias modernas de cultura, de ambiente, de género, etcétera, a veces atropellando lo que se había construido, para bien o para mal, a través de los años.

No olvidemos, por ejemplo, que las relaciones interraciales eran impensables y hasta prohibidas. Que el voto de la mujer se permitió hasta 1955. Que la minifalda de la década de 1970 fue un escándalo, igual que el movimiento de caderas de Elvis Presley dos décadas antes.

Ahora se nos hace muy extraño ver películas donde las personas fuman en su oficina. O que había ejecutivos que tenían licoreras de cristal cortado en sus oficinas de sillones de auténtica piel y muebles de madera labrada.

Todo cambia, todo evoluciona. Pero en ese andar, a veces se pierden elementos, costumbres, hábitos y procesos que hasta hubiéramos considerado como elementales.

Si bien hay cosas específicas que evolucionan sin sacrificar remembranzas, es lamentable que a veces nos da por destrozar la historia. Así, en México se perdieron infinidad de casonas de los siglos 18 y 19 en aras de la modernidad, por ejemplo.

La comunicación no es ajena a esta tendencia. Se empezó a inventar eso del lenguaje incluyente para que [email protected] [email protected] de todos los géneros nos sintiéramos aludidas. Chespirito quedó fuera de todos los medios por ofensivo y políticamente incorrecto. 

Recientemente en nuestros empaques desaparecieron los personajes de las marcas, en pro de la salud. Lo último: la película Vaselina se pone en la mira, igual que la caricatura de Pepe le Pew por machistas.

Esto me puso a pensar que nuestra historia y nuestros valores culturales están en un enorme peligro. Todas las películas mexicanas que hicieron historia en toda la región Latinoamericana podrían vetarse y estaríamos en peligro de olvidar a Pepe el Toro, a Don Susanito Peñafiel y Somellera, las delicadas y románticas serenatas de Jorge Negrete, o las cachetadonas entre la Doña y Pedro Armendáriz.

Llegué al colmo de pensar que hoy alguien hasta podría ofenderse con esta inolvidable imagen de EL fotógrafo del cine de oro.


Y quizá hasta podríamos llegar al extremo de dejar de usar metates porque la gente no tendría que arrodillarse ante una piedra. O ya no beber tequila de un chingadazo, porque es una actitud machista.

Todo extremo es necedad. Toda sensiblería podría disfrazar debilidad. No sé si esto es responsabilidad de la generación de mazapán o de la de cristal, o de ambas, o combinadas, o si son lo mismo. Pero me parece una fútil exageración, quizá porque nos sobra demasiado tiempo. Pónganse a trabajar. O a jugar. O a sembrar arbolitos. O algo.

#NMMS

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Liliana Bretón
Publicista e investigadora; maestra y estudiante; UPAEP y AsMedia; amante del cine, los libros y el buen sentido del humor; no cambio por nada una tarde de vino con una buena plática. Beatlefan y chocohólica.

Este autor escribe en Soy.Marketing los días martes de cada semana.
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