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Marketing: usos y costumbres

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A ver si no me pongo muy denso: en México estamos enamorados de las oraciones pasivas reflejas.

¿Qué es eso?

Las oraciones pasivas reflejas son aquellas oraciones simples predicativas en voz pasiva construidas con el morfema de pasiva “se“.

¿Todavía no? ¡Si está clarísimo!

Pues es el clásico letrerito afuera de una casa o negocio. Es el anuncio que la gente pone para avisar la venta de un producto o servicio:

Se vende fruta, se recibe cascajo; todos aquel que quiere promover algo en México utiliza, por causa de un extraño enigma del universo, esta forma gramatical de forma obsesiva. Mi favorito proclamaba fuera de una casa humilde: “se visten niños dioses”.

Toda esta presunción de que puse atención a mis clases de español viene al caso debido a que he estado reflexionando un poco sobre ese marketing urbano que, de manera paralela a los usos y costumbres de esta aguacatera nación, parece contener una serie de reglas no escritas que todo mundo se apura a aplicar.

Dentro de esta caótica ciudad los que más abusan de este formato de oraciones pasivas ya nos tienen tan acostumbrados que casi ni nos damos cuenta. Los escuchamos a diario de forma inconsciente: gritos grabados con una voz femenina.

¿Sabes de qué estoy hablando?

Hace ya unos meses leí, bastante divertido, la pregunta que un gringo hacía en Reddit.

El susodicho, uno de esos aborrecidos gentrificadores, se había instalado en una de las colonias más deseadas de la CDMX y se encontraba en pleno proceso de adaptación a la cultura autóctona de la Condesa.

Intrigado estaba este pobre profano sobre los usos y costumbres del Anáhuac y preguntaba cuál era la razón de que de manera muy seguida una camioneta recorriera las calles de la ciudad con un enorme altavoz a través del cual una voz femenina proclamaba algo que no llegaba a entender.

¿Qué es lo que dice? Se preguntaba, pensando que era alguna especie de tradición. Incluso, desorientado, escribió que en caso de ser algo religioso, hacia la pregunta con todo respeto.

Por supuesto que además de explicaciones sobre la razón de dicha irrupción, le llovieron burlas debido a la inocencia respecto a temas que la mayoría de los que vivimos en la ciudad damos por sentados, como lo son los muchos ruidos que le dan personalidad a la urbe.

Todos sabemos, cuando comienza a escucharse en la lejanía esa voz femenina chillona, que está a punto de llegar la camioneta del fierro viejo y que, si uno quiere deshacerse de algo, es momento salir a la calle a corretearla.

Neuromarketing: Descifrando el Cerebro del Consumidor | Duncan C. & Daniel R. & Hans Hatch
Un montón de tuberías oxidadas en una zona boscosa que muestra los usos y costumbres  locales.

En el caso que nos ocupa, también podemos utilizarlo para una pequeña lección de marketing urbano:

Me encontraba en la calle, fuera de mi casa, cuando pasó una camioneta de fierro viejo que, oh sorpresa, llevaba una grabación diferente a la que cualquier chilango que se precie conoce.

Voz masculina y con un tono un tanto neutro —que también utilizaba oraciones pasivas reflejas— realizaba la relación de los artículos que estaban dispuestos a cargar y pagar.

De inmediato le dije a mi hijo: éste es un grave error mercadológico.

Todos y cada uno de los más de veinte millones de habitantes que estamos en el área metropolitana estamos condicionados, dicho con toda la pabloviana literalidad, a la función que cumple la vocecita chillona que grita.

Vaya, el simple tonito nos hace entender de inmediato.

Somos capaces de distinguirla a kilómetros de distancia y, estoy seguro, de que tú —lectora, lector— alguna vez te has dicho, o le has dicho a alguien, que había que ponerse pendiente por que había que sacar ese mueble viejo que ya odiabas.

De la misma manera como también estamos condicionados a otros ruidos como los del gaaaaaaas, el afilador o los ricos tamales oaxaqueños.

Es por ello que me llamó la atención aquella grabación que, de tan diferente, se me hizo algo así como una especie de herejía callejera.

Pero también un error que podría ser muy costoso debido a que la gente, que está a la espera del servicio, de ninguna manera está condicionada a escuchar y reaccionar ante una voz grave y neutra. No les dice nada.

Algo así como cambiarle la receta a la Coca Cola, como cambiar el nombre del jabón Escudo a Safe Guard. El mercado ya conoce y ya reacciona a un estímulo; cambiarlo puede ser contraproducente y a veces, hasta fatal.

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