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Pasaje a Bharat – ¿Cómo rebrandear a un país?

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Gin & Tonic en el palacio del Virrey

Que mejor momento para relanzar una Marca-País que un cambio de nombre. Imagino cientos de miles de rupias invertidas en “Ven a la versión 2.0 de nuestro país: ¡La misteriosa Bharat!”.

Como si fuese un Superama, como si fuese un Bancomer, el gobierno de la India decidió que ya estaban hartos de ese nombre que, como un gin and tonic, tenía muy claras resonancias coloniales.

rebrandear un país

De hecho, el nuevo nombre, Bharat, proviene del sánscrito y es —con algunas variantes— la forma en que los indios denominan a su país. El nombre nos llega de épocas muy remotas: los griegos ya lo llamaban India, un legado de Persia y otros pueblos.

La razón es sencilla, el río Indo es una de sus fronteras naturales y fue gracias a éste que en occidente llamáramos así a todo el subcontinente. Lo que ocurre es que ahora quieren cambiarlo —todavía les recuerda a los emperifollados británicos jugando cricket y embriagándose con Gin & Tonic— y así acabar con una de las reminiscencias de la era colonial.

Rebrandear un país

Un cambio de nombre no es cosa rara, lo hizo hace muchos años la legendaria “Ceilán” que pasó a tomar el aguerrido nombre de Sri Lanka; también Birmania que se transformó en la exótica Myanmar.

Turquía también nos sorprendió. Hartos de ser equiparados con un guajolote, están queriendo que en occidente cambiemos al más étnico Türkiye y todo por culpa de los gringos en una historia que parece de ficción.

Resulta que los primeros pavos domesticados que llegaron a Estados Unidos (ahí había, pero salvajes) venían en los barcos de los emigrantes. Habían pasado a Inglaterra desde España que a su vez lo había traído desde “las Indias”, es decir, sus colonias en lo que hoy es México.

En este planeta hay gente que estudia de todo y por ahí me encontré a un experto en la genética del guajolote quien asevera que todas las aves domesticadas de esta especie son originarias, como el tren, de la península de Yucatán.

Las cosas que se entera uno.

Esas almas puritanas pensaban que el enorme pájaro provenía de Turquía por lo que lo bautizaron Turkey’s Bird (pájaro de Turquía) que con el tiempo se acortó a simplemente turkey en detrimento de los hijos de Atatürk, que con el tiempo empezaron a resentirse de que a su país le dijeran guajolote, pípila, huilo o totol.

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¿Se han fijado que en cada zona de México el dicen de forma diferente al guajolote?

Correcciones étnicas

Una de las grandes ventajas del cambio de nombre en la India, es que va a quitar todo un peso a esos pobres cortos de entendederas que escriben en diarios y revistas a quienes se les hace incorrecto referirse las personas originarias de ese país como “indio” o “india”. Por supuesto que no les falta cierta razón. A lo largo de siglos la palabra ha sido usada de manera peyorativa en estas tierras.

Sin embargo, ese no pretexto para utilizar el equivocadísimo “hindú”. Ese término no es ni un sinónimo ni una alternativa “políticamente correcta”, más bien es la forma en que se llama a los practicantes del hinduismo, una religión. Es como si a nosotros, en vez de decirnos mexicanos, nos dijeran cristianos.

La palabra “indio” como insulto es un remanente del grave error de Cristóbal Colón cuando pensó que, en vez de llegar a un continente totalmente desconocido por los europeos, había arribado a “las Indias” y por ende, cualquier distraído que se le atravesó quedó inmediatamente calificado como indio.

Todavía hasta el siglo XVIII en España se seguían refiriendo a estas tierras como “las Indias”.

Así que ya olvídense de decir y escribir tarugadas como “persona originaria de la india”, ya que a partir de ahora los conoceremos como… ¿bharatos? ¿bharatenses? ¿bharatanos? ¿bharatecas? ¿bharáticos?

… creo que salió peor.

Por cierto, a ver si los del BRICS no se enojan porque le acaban de poner en todita la torre a sus siglas.

Eso sí, los que estarán felices con este cambio son los integrantes de la malvada mafia de editores de mapas y fabricantes de globos terráqueos, quienes querrán obligarnos —de nuevo— a cambiar nuestros atlas y mapamundis por nuevas versiones, cosa a la que siempre me he negado de forma rotunda.

¡El Imperio Austrohúngaro sigue siendo parte de mi corazón!

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