Ser rehén de tus propios clics

Me ganó el sentimiento, quizá las ganas de abrazar y no poder. Y sí, me entregué a los brazos de la tecnología, me abracé al comercio electrónico y compré un ramo de rosas que envié a mi hermana en su cumpleaños número 48. 

Era un ramo frondoso, con rosas moradas y rosas. A ella le gustó mucho, y yo me sentí feliz de que su corazón se hubiera alegrado un poco, lo que nunca imaginé es que ese acto me costaría mucho más que el precio pagado. Y ahora me explicó.

Desde que hice la compra, los mensajes de ramos de rosas han aparecido por donde quiera que voy en el mundo del internet, en cada página o sitio de internet que visito encuentran acomodo.

Llámenlo delirio de persecución si quieren, pero lo cierto es que he sentido como si alguien me siguiera de manera permanente, como si supiera qué pasos doy o voy a dar, y ahí estuviera para esperarme, para acosarme, como una especie de Cisen, FBI, DEA o KGB.

Despierto con la oferta de un ramo de rosas, trabajo con la oferta de otro ramo de rosas, busco mis películas favoritas con un nuevo mensaje que vende rosas, me voy a la cama con otra nueva publicidad de ramos de rosas. Es una especie de capítulo delirante de Black Mirror.

Un caso similar descubrí en un amigo que es músico. Él buscó un tipo de aditamento para su guitarra eléctrica en los diferentes marketplace. Luego de esa búsqueda que ni siquiera concretó con una compra, por un mes se desplegó publicidad sobre guitarras eléctricas en cada página que visitaba, aunque no tuvieran nada que ver con música o instrumentos.

Un ejemplo más ocurrió con una vecina, a quien en sus ratos de ocios le ha dado por soñar con mudarse a un departamento con tres recámaras y balcón, y como buscar en Google es tan fácil, tecleó las características, y ahí lo tuvo: Su Facebook repleto de anuncios de departamentos ofertados por TruHome, Inmuebles 24, Lamudi y un largo etc.

Todo esto, como resultado de la publicidad dirigida, personalizada o segmentada, que trabaja en función de nuestro comportamiento en Google o en las redes sociales, como Facebook. Con toda nuestra autorización, registran las páginas que frecuentamos, por ende, nuestros intereses y hasta los datos demográficos, donde encajamos.

No sólo eso, este tipo de segmentaciones del “público consumidor”, que somos todos los que usamos internet, de cualquier edad, de cualquier nacionalidad, de cualquier género, preferencia religiosa e intereses, también persigue a quienes son similares a nosotros para hacerles llegar sus ofertas.

Ya sé entiende que estos ‘grandes avances’ y ‘logros’ del marketing digital son loables en el sector publicitario, máximo cuando hay desarrollos tecnológicos tan sorprendentes detrás de ellos, como la inteligencia artificial, el Big data y los numerosos algoritmos rastreadores de lo qué hacemos y cómo lo hacemos en internet.

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Se aplaude y se reverencia tanta tecnología a disposición de una causa, pero la pregunta es más que obligada: ¿Los usuarios de internet tenemos algún derecho que nos exima de ser perseguidos por la publicidad mientras navegamos en la red?

Más allá de los avisos de privacidad en letras chiquitas que aceptamos a toda prisa para acceder a nuestro real objetivo cuando entramos a alguna página, ¿podemos librarnos de la persecución publicitaria, sobre todo, en tiempos donde parece que la alternativa más cómoda, barata y veloz es el comercio electrónico?

La otra cuestión es: ¿Alguien cree de verdad que los avisos de privacidad nos están protegiendo como usuarios de la red?, ¿está siendo efectiva esta estrategia o es un mero requisito legaloide para curarse en salud, como un lavado de manos, como un ‘si usted no lo vio es su problema, pero ahí dice’?

Porque, si bien la publicidad dirigida no es algo nuevo, para quien no lo ha notado, la vorágine de la interconexión acentuada por el COVID-19 y sus subsecuentes restricciones, nos ha convertido en rehenes de nuestros propios clics. 

El simple hecho de abrir un correo electrónico parece marcar nuestro destino, y transformarnos en esa masa amorfa, llamada ‘consumidor potencial’, que en sus clics lleva la penitencia.

Sí, es cierto, hay algunos trucos que pueden aliviarnos o mitigar el molesto despliegue de publicidad: borrar cookies, instalar bloqueadores de rastreadores, utilizar exploradores con un enfoque mayor en la privacidad, depurar periódicamente el historial de los exploradores.

Hay quienes aseguran que las plataformas de redes sociales y el mismo Google, tienen opciones entre las letras chiquitas y los múltiples botones de configuración, para limitar el despliegue de publicidad, hasta ahora yo no he dado con ellos.

Lo cierto, es que en la veloz carrera de la tecnología, estamos siendo rebasados, las instituciones que deberían regular estos comportamientos son devoradas por las grandes empresas de tecnología que manejan a su merced y conveniencia las innovaciones. 

No acabamos de discernir las consecuencias de una tecnología cuando ya tenemos otras tantas en acción. Los tiempos legislativos no casan con la velocidad de la publicidad y consumo que impone la interconexión. 

En la inocencia de nuestra sorpresa y la estupefacción del ‘wow’, ante lo fácil que es adquirir en internet, todo parece inofensivo. De verdad, urge saber cuándo tendremos verdaderos derechos como usuarios de la red.

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