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Sólo solamente cuando esté solo en soledad

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Traducciones correctas

Una de las cosas que siempre tuve a mi disposición desde que era niño, fueron los libros.

Además de enciclopedias y libros de referencia, mi papá tenía la afición a los libros —le encantaban los thrillers—, había leído bastantes y los tenía acomodados en los libreros de casa que siempre parecían carecer de espacio para más textos.

Primero a escondidas —eran libros para adultos— y luego de manera abierta, comencé a leer los títulos que me parecían más atractivos de autores como Irving Wallace, Frederick Forsyth y John Irving. La gran mayoría de ellos eran historias sobre espías, políticos o guerrilleros y algunos, para horror de los adultos, no carecían de escenas sexuales.

Fue así como me encontré que estos libros, aunque estaban en español, parecían escritos en una versión diferente de la lengua. Como en las caricaturas: la misma estructura, pero con palabras que ni de relajo había escuchado en la vida diaria.

Había descubierto las traducciones realizadas en Madrid y en Barcelona.

Recuerdo de manera muy vívida el pasaje de un thriller en particular donde el protagonista entraba a una cafetería a comer, se sentaba a la mesa y le pedía a la mesera un “emparedado de carne picada”.

¡Coño! (esa interjección también la había aprendido de los castizos traductores), ¿qué diablos es un emparedado de carne picada? La palabra “emparedado” que suena más bien a tortura dentro de una novela de Poe, ya la conocía de los dibujos animados pero… ¿de carne picada?

Solo

He de ser sincero, dentro de mi ingenuidad pensé que era alguna especialidad neoyorkina de la que no tenía conocimiento por lo que tardé varios años en descubrir que el dichoso sándwich no era otra cosa que una hamburguesa. Sí, una normal hamburguesa que yo, a esa edad, ya había comido muchas veces. No entendía la razón para evitar el sustantivo que definía al platillo e irse por las ramas con la sangronada esa de “emparedado de carne picada”.

Ocurre que para cuando se realizó la traducción de aquella novela, en la muy recta y cuadrada España franquista, el término “hamburguesa” aún no había sido aprobado por la Real Academia de la Lengua.

Seguramente el término les parecía demasiado liberal y promotor de los libertinajes políticos de los yanquis, el caso es que, al no poder usar el término, el traductor tuvo que inventar algo muy descriptivo. Que triste que aquel ambiente de represión y control de la dictadura hispana se hubiera infiltrado a tantos niveles y se olvidaran que las palabras pertenecen a la gente que las usa y no de unos viejitos en toga.

El propio (y olvidado) Marco A. Almazán, a quien también descubrí dentro de la biblioteca de mi padre, se quejaba amargamente de que la dichosa academia —a finales de los años sesenta— aún no hubiera aprobado la palabra “avión”, por lo que se tenía que utilizar el término aeroplano. Lo mismo ocurría con el whisky, para ello era necesario utilizar el hispanísimo güisqui (sí, con diéresis) ya que la “W” aún estaba muy mal vista en la Lengua de Cervantes, aunque los propios académicos viajaran en aeronaves de Western Airways sorbiendo bebidas escocesas.

La hipocresía.

Neuromarketing: Descifrando el Cerebro del Consumidor | Duncan C. & Daniel R. & Hans Hatch

Recuerdo también que, en algún punto de los años ochenta, uno de los académicos de la lengua salió a decir que “exhortaba” a las madres latinoamericanas a pronunciar de manera correcta los sonidos de la “C” y la “Z” para que nuestros niños aprendieran desde pequeños a pronunciarlas de forma correcta.

Curiosa forma de decir: “Punta de sudacas maleducados, no nos gusta como hablan. Deberían de esforzarse para hacerlo de la manera correcta, es decir, como nosotros”.

Corte al Siglo 21

Ahora esa misma academia, que está tratando de quitarse esa imagen centenaria de anquilosamiento saúrico, es de nuevo noticia al recular y volver a aprobar el uso de la tilde para la palabra “sólo”, cosa que había causado una pequeña revolución.

Siempre he pensado que instituciones como la academia de la lengua son un fiel reflejo de la forma en que las distintas culturas hacemos las cosas. Pongamos por ejemplo al idioma inglés.

¿Cuál es la institución que “cuida y da esplendor” a la lengua de Shakespeare?

¡Ninguna! No tienen instituciones centralizadas ni piaras de viejitos mamones diciendo lo que está bien y lo que está mal, como señoras regañonas en la mesa de la familia mocha. La lengua inglesa se basa en diccionarios creados por las más prestigiosas universidades que tienen la peculiaridad de incorporar las palabras de uso de la gente en vez de concentrarse en eternas discusiones bizantinas sobre si la “W” es lo católica suficiente para ser usada en el castellano.

El Oxford English Dictionary o el Cambridge Dictionary son reeditados de forma permanente e incluso se dan el lujo año con año, en hacer una especie de celebración con las palabras nuevas que la gente incorpora a su vocabulario. Cosa muy distinta a las recomendaciones cretácicas que pontifican los estirados académicos de nuestra propia lengua.

Nuestra tragedia es que tiene que ser un club cerrado de viejitos incontinentes el que nos dé los permisos necesarios para usar las palabras. Estas deben tener certificación ya que sólo ellos son los que disponen lo que es correcto y lo que no, aunque más de 100 millones de mexicanos nos empeñemos en decir lo que se nos da la gana.

¡Nadie nos explicó que esto no era una democracia!

Poco se pude esperar de una institución surgida en el seno de una de las monarquías más retrógradas así como corruptas y que, además, también fue debidamente contaminada por una dictadura fascista.

Lifehack: ¿Cuándo lleva tilde la palabra sólo? Cuando puedas sustituirla por “solamente”. Solamente cuando no estás solo.

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