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Si algo aprendí de la pasada epidemia del H1N1 (que ahora se mira lejana y muy leve) fue a administrar huevos.

Te cuento toda la historia. Después de muchos años de haber sido planner en agencias de publicidad, desde principios de este siglo me enfoqué en hacer estudios de mercado, que era un área que tenía pendiente explorar. Las entrevistas cara a cara y las sesiones de grupo (focus groups) se convirtieron en mi especialidad y mi pasión.

Un día apareció la influenza. Yo vivía todavía en la ciudad de México, entonces el Dé-Efe, y nos ordenaron a todos guardarnos. Si bien no era nada parecido a lo que estamos viviendo ahora, ni en alcance ni en magnitud ni en gravedad ni en duración, todos nos recluimos sin saber qué hacer.

El encierro fue breve, la epidemia se controló pronto, su cobertura no fue tan extensa y, lo más importante, el contagio no era ni tan acelerado ni tan agresivo como lo que estamos viviendo ahora.

Sin embargo, fue un aviso.

Aviso de salud, en el sentido de que no sabemos cuándo puede surgir una nueva enfermedad y tomarnos desprevenidos. Nos creemos invencibles. Los laboratorios farmacéuticos se sienten amos de la salud. Y un fregadazo así nos encierra en nuestras casas y nos cuestiona ¿no que muy dueños del mundo?

Y aviso de nuestra economía. De un día para otro nos quedamos paralizados. Sin trabajo. Sin actividad económica. Sin saber cómo vamos a traer comida a casa, a pagar las cuentas y a seguir subsistiendo.

Pero pasó pronto. E igual que cuando el temblor, durante unos meses estuvimos al pendiente de los demás, con el cariño a flor de piel y el abrazo facilito, pero poco a poco los demás nos estorbaron, el cariño se enfrió y los abrazos se artificializaron.

Esta vez es intenso. Nos veremos guardados por mucho tiempo y las medidas de protección y de distanciamiento son extremas.

¿Estábamos preparados para ello? Muchos no. Pero muchos sí aprendimos por lo menos una lección de la influenza, en 2009: DIVERSIFICACIÓN.

Ya no estamos en tiempos de especializarnos, sino de ser multidisciplinarios. Hay que saber hacer muchas cosas y poner los huevos en diferentes canastas. Si se te cae un negocio, el otro podrá seguir funcionando. Quizá los ingresos se reduzcan, pero no nos quedamos sin nada.

¿Qué se necesita? Pues eso, varios huevos… para poderlos repartir. El hambre es canija y nos enseña que hay que tener la capacidad de resiliencia y la habilidad de reinventarnos  para poder subsistir. La zona de confort es y será siempre nuestro peor enemigo.

Ahora veo en mi alrededor cercano un restaurante que se convirtió en tienda, una línea aérea privada que distribuye material sanitario o una imprenta que ahora fabrica caretas de protección, y que tuvieron de la noche a la mañana que reaccionar y ajustarse a las nuevas demandas. Mientras tanto, otros muchos, han sucumbido o aventado la toalla y no saben qué hacer.

En mi caso, desde hace tiempo había personas que me preguntaban que por qué mi necedad de tener cinco chambas diversas, incluyendo traducciones, estudios de mercado, traducciones, clases, escribir ajeno, dar asesorías y preparar alimentos. Hoy lo entienden.

No te quedes en tu zona de confort. Hay muchas cosas que puedes hacer. La creatividad es el reto, la oportunidad ahí está. No te atores. Ten muchos huevos y distribúyelos. Sí da resultado.

#CuídateBien

Liliana Bretón
Publicista e investigadora; maestra y estudiante; UPAEP y AsMedia; amante del cine, los libros y el buen sentido del humor; no cambio por nada una tarde de vino con una buena plática. Beatlefan y chocohólica.