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Datos, IA y marketing: la nueva batalla por la atención

Durante años, el marketing digital celebró una promesa seductora: todo podía medirse. Cada impresión, cada clic, cada vista, cada interacción y cada conversión parecían confirmar que la industria había encontrado una forma más precisa de entender al consumidor. Sin embargo, la acumulación de métricas no necesariamente produjo mejores decisiones. En muchos casos, produjo más tableros, más reportes, más atribuciones parciales y una falsa sensación de control.

Esa fue, quizá, una de las tensiones más relevantes que se percibió en IAB Conecta 2026: la industria ya no está discutiendo únicamente cómo capturar datos, sino qué hacer con ellos. Y esa diferencia es fundamental.

La conversación dejó de girar alrededor de la cantidad de información disponible para concentrarse en su calidad, análisis, contexto y capacidad de convertirse en acción. En otras palabras, el dato aislado empieza a perder protagonismo frente al sistema que lo interpreta.

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El dato por sí solo ya no es ventaja competitiva

Uno de los errores más frecuentes en marketing es asumir que una organización es avanzada porque mide mucho. Pero medir mucho no significa comprender mejor. Una empresa puede tener millones de registros, múltiples dashboards, campañas segmentadas, modelos predictivos y herramientas de automatización sin haber desarrollado una verdadera inteligencia de negocio.

La diferencia está en el procesamiento.

Procesar datos no es solo limpiarlos, cruzarlos o visualizarlos. Procesar datos implica construir un marco de interpretación. Significa distinguir entre una señal útil y un ruido estadístico. Significa saber cuándo una métrica representa comportamiento real y cuándo solo refleja una exposición superficial. Significa, sobre todo, convertir información en decisiones que modifiquen la estrategia.

En marketing, esta distinción es crítica porque el consumidor actual deja señales en múltiples entornos: lo que ve, lo que busca, lo que compra, lo que abandona, lo que recuerda, lo que ignora y lo que repite. Cada punto de contacto puede decir algo, pero ninguno lo dice todo. La inteligencia aparece cuando esas señales dejan de verse como fragmentos independientes y comienzan a leerse como parte de un sistema.

La IA entra precisamente en ese punto. No como sustituto del estratega, sino como una infraestructura para encontrar patrones, anticipar comportamientos, probar hipótesis y acelerar decisiones. Pero su valor depende de la calidad del problema que se le plantea. Una IA alimentada con datos desordenados, objetivos ambiguos y métricas mal elegidas no genera estrategia: amplifica confusión.

De la visibilidad a la atención real

La discusión sobre atención es especialmente relevante porque cuestiona una de las bases históricas de la publicidad digital: la impresión. Durante mucho tiempo, aparecer en pantalla se confundió con ser visto; ser visto se confundió con ser recordado; y ser recordado se confundió con influir en una decisión.

El problema es que esas equivalencias ya no son suficientes.

Una marca puede aparecer miles de veces sin construir significado. Puede alcanzar altos niveles de frecuencia sin generar recuerdo. Puede optimizar sus campañas para eficiencia táctica y, aun así, perder relevancia cultural. Por eso, la atención se vuelve un activo escaso: no porque las personas hayan dejado de consumir contenido, sino porque el volumen de estímulos compite de manera feroz por su capacidad cognitiva.

La atención activa exige una pregunta más profunda: ¿el mensaje fue procesado o solo registrado? Esta diferencia transforma la forma de evaluar campañas. No basta con saber si una persona estuvo expuesta al anuncio; hay que entender si lo percibió, lo comprendió, lo recordó y si eso modificó, aunque sea parcialmente, su disposición hacia la marca.

Aquí el data analysis se vuelve más sofisticado. Ya no se trata únicamente de medir alcance o frecuencia, sino de integrar señales biométricas, contextuales, transaccionales, creativas y conductuales. La medición se desplaza del “cuánto se mostró” al “qué efecto produjo”.

Y ese desplazamiento cambia el poder dentro de las organizaciones. El marketing deja de ser una función centrada en comunicación para convertirse en una función estratégica de lectura del mercado.

IA aplicada: del análisis descriptivo al sistema de decisión

La IA no debería entenderse como una herramienta decorativa para hacer más rápido lo mismo de siempre. Su verdadero potencial está en ayudar a construir sistemas de decisión más inteligentes.

Esto implica pasar por varias capas. Primero, la capa descriptiva: qué ocurrió. Después, la capa diagnóstica: por qué ocurrió. Luego, la capa predictiva: qué podría ocurrir. Finalmente, la capa prescriptiva: qué conviene hacer.

La pregunta central ya no es cuántos datos tienes

Muchas organizaciones todavía se quedan en la primera capa. Reportan resultados, comparan métricas, elaboran presentaciones y celebran variaciones porcentuales. Pero el salto estratégico ocurre cuando esos datos permiten decidir mejor: ajustar audiencias, rediseñar mensajes, modificar presupuestos, encontrar oportunidades incrementales, anticipar fugas de clientes o identificar momentos de mayor intención.

En ese sentido, la IA aplicada al marketing no consiste solo en generar copies, imágenes o segmentaciones automáticas. Consiste en conectar datos con decisiones. La automatización creativa puede ser útil, pero no sustituye la inteligencia estratégica. El verdadero cambio ocurre cuando una marca puede aprender de sus interacciones, mejorar sus hipótesis y adaptar sus acciones en función del comportamiento real de sus consumidores.

La pregunta deja de ser: “¿qué herramienta de IA usamos?”
La pregunta relevante es: “¿qué decisiones queremos mejorar con IA?”

Esa diferencia parece pequeña, pero redefine por completo el enfoque.

El nuevo marketero será un arquitecto de señales

El perfil del profesional de marketing también está cambiando. Ya no basta con saber comunicar, pautar o interpretar reportes básicos. El nuevo marketero necesita desarrollar una combinación de habilidades que antes estaban separadas: sensibilidad estratégica, alfabetización de datos, comprensión tecnológica, criterio creativo y capacidad de traducir hallazgos en decisiones accionables.

No se trata de que todos los profesionales de marketing se conviertan en científicos de datos. Se trata de que comprendan cómo funciona la lógica de los datos, qué puede y qué no puede inferirse de ellos, cómo se construyen los modelos, qué sesgos pueden introducirse y qué preguntas deben hacerse antes de confiar en una recomendación automatizada.

La IA puede detectar patrones, pero el criterio humano sigue siendo indispensable para interpretar relevancia, contexto, oportunidad y sentido. Un modelo puede sugerir que cierto segmento tiene alta probabilidad de conversión, pero corresponde al equipo estratégico preguntarse si ese crecimiento es rentable, sostenible, coherente con la marca y compatible con la experiencia del cliente.

Por eso, el marketing del futuro no será solo más tecnológico. Será más exigente intelectualmente.

Tendrá que integrar creatividad con evidencia. Tendrá que equilibrar eficiencia con construcción de marca. Tendrá que medir sin caer en reduccionismos. Tendrá que usar IA sin delegar el pensamiento.

Del dato al recuerdo: la marca como sistema vivo

Una de las tensiones más interesantes del evento fue la coexistencia de dos ideas aparentemente opuestas: por un lado, la necesidad de medir con mayor precisión; por otro, la defensa de construir marcas memorables más allá del algoritmo.

En realidad, no son ideas opuestas. Son complementarias.

El dato ayuda a entender comportamientos, pero la marca construye significado. La IA puede optimizar rutas, pero la creatividad genera memoria. La medición puede señalar qué funciona, pero la estrategia define qué vale la pena construir.

El riesgo de una visión excesivamente algorítmica del marketing es confundir optimización con diferenciación. Una campaña puede estar perfectamente optimizada y ser irrelevante. Puede mejorar su tasa de clics sin fortalecer la preferencia. Puede reducir costos sin aumentar valor de marca.

Por eso, el marketing necesita dejar de elegir entre data y creatividad. La ventaja competitiva está en integrarlas. Los datos pueden revelar oportunidades culturales, tensiones de consumo, momentos de intención y patrones de comportamiento. La creatividad puede transformar esas señales en narrativas, experiencias y símbolos que las personas recuerden.

La IA puede acelerar ese proceso, pero no reemplazarlo. Puede ayudar a analizar tendencias, segmentar audiencias, simular escenarios, personalizar mensajes y evaluar desempeño. Pero no puede definir por sí sola qué quiere representar una marca, qué postura desea tomar o qué memoria quiere construir en el mercado.

La marca sigue siendo una decisión estratégica, no solo una consecuencia del algoritmo.

La pregunta central ya no es cuántos datos tienes

La conversación actual en marketing debería avanzar hacia una pregunta más madura: ¿qué tan bien piensa una organización con los datos que tiene?

Porque tener datos no garantiza inteligencia. Tener IA no garantiza ventaja. Tener dashboards no garantiza acción. Lo que genera valor es la capacidad de articular todo eso en un sistema coherente: datos confiables, preguntas relevantes, modelos adecuados, interpretación estratégica y decisiones oportunas.

Las empresas que logren hacerlo tendrán una ventaja difícil de copiar. No porque posean más información, sino porque habrán desarrollado una forma superior de aprender del mercado.

Ese aprendizaje será cada vez más importante en un entorno donde la atención es escasa, los consumidores son menos lineales, los canales se fragmentan y la presión por demostrar resultados aumenta. La verdadera sofisticación no estará en perseguir cada nueva plataforma, sino en construir una arquitectura de decisión capaz de adaptarse sin perder dirección.

La IA será parte central de esa arquitectura, pero no será suficiente por sí sola. Su impacto dependerá de la madurez analítica de las organizaciones, de la calidad de sus datos, de la claridad de sus objetivos y del criterio de quienes la utilizan.

El futuro del marketing no pertenece a quienes midan más. Pertenece a quienes comprendan mejor.

Y comprender mejor exige ir más allá de la métrica visible. Exige preguntar qué atención se sostuvo, qué señal fue relevante, qué comportamiento cambió, qué experiencia se fortaleció y qué recuerdo quedó instalado.

Porque al final, el dato más valioso no es el que se almacena.

Es el que ayuda a decidir.

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IAB Conecta 2026

Dra. Elda Cristina Morales

Catedrática/Consultor del Tec de Monterrey

Doctora, académica y especialista en finanzas, negocios e inteligencia artificial aplicada, aporta una mirada estratégica que conecta academia, innovación y transformación digital. Su enfoque traduce la IA en valor real, tendencias clave y oportunidades concretas para empresas y líderes.

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