Hace unos años, una marca de ropa lanzó una campaña que mostraba a personas reales —no modelos— en situaciones incómodas: sudando en una entrevista, tropezando en la calle, improvisando una cita después de un mal día. No había filtros perfectos, no había stock photos. Solo verdad.
Las ventas subieron, sí… pero las quejas también. “Demasiado realista”, “incómodo de ver”, “prefiero algo más inspirador”. En menos de tres meses, la campaña desapareció y fue reemplazada por una versión más pulida, más bonita… y más olvidable.
No fue culpa del marketing. Fue culpa de nosotros.
Vivimos en una sociedad que expulsa lo que incomoda, como si fuese un virus. Queremos anuncios que acaricien, no que reten. Queremos mensajes que confirmen lo que pensamos, no que nos hagan cuestionarlo. Y eso, como era de esperarse, ha moldeado la publicidad.
En lugar de creatividad que incomoda para movernos, tenemos creatividad anestesiada para no molestarnos.
En lugar de enamorarnos de un producto por lo que es, nos seducen con trucos neurológicos calculados al milímetro: colores exactos para que hagas clic, sonidos diseñados para que recuerdes, frases optimizadas para que no pienses, solo compres.
Y no, no es que las marcas no quieran arriesgar. Es que arriesgar hoy es el camino más rápido a la cancelación, a la indignación viral, al “esto no me representa” que obliga a dar marcha atrás.
El resultado: más cantidad, menos calidad. Más anuncios que repiten la misma fórmula hasta que todos suenan igual.
Pero aquí está la paradoja:
La comodidad evoluciona. Lo que hoy nos parece agradable, mañana será ruido de fondo. La incomodidad, en cambio, es la que provoca el cambio. Es la que nos obliga a mirar de nuevo, a pensar, a recordar.
En marketing, lo cómodo te da clics.
Lo incómodo te da historia.
Y en un mundo saturado de anuncios que dicen lo mismo, la historia es lo único que vale la pena contar.








