Voy a empezar con una confesión poco marketera: llevo meses reactivando mi cuenta de arte en Instagram (síganla: @chachachato) y las métricas se sienten como el lanzamiento del documental de Melania Trump. Lo más frustrante no es la métrica per se —esa ya sabemos que es volátil—, sino darme cuenta de algo peor: estoy produciendo más contenido que arte.

Más posts, más Stories, más “presencia”, más ansiedad. Menos obra. Menos disfrute. Menos ganas de estar ahí, pero hay que estar ahí (creía).
Entendí, con una mezcla de coraje y claridad, lo que muchos creadores están viviendo hoy: el algoritmo no solo cansa a la audiencia, cansa al creador. Empuja a producir para existir, no a crear para decir algo. El contenido dura lo mismo que el sueldo en enero, se va como “papá cuando sale por cigarros” y deja al creador con burnout brutal.
Bienvenidos a la algorithm fatigue, versión creator
Lectorazos de mi cora: hoy, el feed es más tedioso que toda la discografía de Oasis; mismos formatos, mismos hooks, mismos chistes de Paco de Miguel, mismos audios reciclados. Eso sí: todo optimizado, todo correcto, pero todo olvidable. Esto se ha vuelto más de hueva y predecible que ver a la 4T echarle la culpa a Calderón por todo, hasta del sarampión.
El algoritmo premia la repetición, pero la gente premia la diferencia. Esta brecha está creciendo como mis entradas.
No es coincidencia que creadores como Casey Neistat (un Luisito Comunica gringo y con presupuesto) dijera abiertamente que se alejaría del contenido optimizado para volver a crear bajo sus propios términos -menos frecuencia, más intención-. Su audiencia no solo se quedó: se fortaleció. Porque la gente no sigue calendarios editoriales, sigue voces con criterio.

Otro caso: Emma Chamberlain decidió bajarle al performance constante y permitir “que se le viera el rimel corrido” en sus contenidos. Muchos predijeron una caída más ruda que la de Edgar (“¡Ya, weeeeey!”). Spoiler: no pasó. Cambió su tipo de influencia. Menos volumen, pero más afinidad. Menos feed, pero más identidad. ¡Eso vale oro!
En mi caso, el golpe fue darme cuenta de que estaba pensando piezas en función del formato, no del impulso creativo. “Esto da reel”, “esto engancha”, “esto entra en trend”. Y cuando haces eso suficiente tiempo, el arte se vuelve un subproducto del contenido, no al revés. Resultado: más publicaciones, menos alma. Más esfuerzo, menos impacto. Me tuve que tratar a mí mismo como cliente. Lo fuerte ha sido ver que, como dice Elvis: “We’re caught in a trap”.
Miles de creadores (artistas, empresarios, gurús – NINIs-) están como Marx Arriaga aferrándose a su oficina, obligandose a crear contenidos porque “tienen que subir” aunque no tengan nada que decir por miedo a desaparecer.
Estoy seguro de que cada vez más reconocen que optimizar todo para el algoritmo les vació hasta la identidad. Que hablar de lo que “funciona” los alejó de lo que importa. Y que el engagement que llega así es frágil y chafa como disfraz de Therian: impacta, pero no conecta.

Las marcas empiezan a notar lo mismo. El modelo de “hagamos lo que está trending” genera ruido, pero a veces olvidan que no construye marca. Repetir fórmulas ya no es estrategia, es pánico con presupuesto. Tomen nota porque “ahí está el pan”, colegas.
Hoy por hoy, trabajar con creadores no es alquilar audiencia, es confiar narrativa. Spoiler incómodo: no todas están listas para soltar el control. Paciencia. Lo que sí pueden decirles es lo siguiente:
Hoy, las comunidades pequeñas, pero genuinas están ganando terreno frente a cuentas infladas. Los usuarios buscan contenidos que no explotan el algoritmo, sino que rompan la indiferencia.
La influencia creativa no es anti-algoritmo. Es post-algoritmo.
Es entender que la data orienta, pero no manda. Que el reach cuenta, pero no enamora.
Y que ningún sistema recomienda mejor que una voz honesta diciendo algo que valga la pena.
Aunque no dure 7 segundos. Aunque no tenga orejitas de lobo. Aunque implique volver a hacer arte… antes que contenido.
Se los escribo y me lo leo en voz alta para que mi yo artista lo entienda y se calme.
Nos leemos pronto.








