Si las palabras pudieran hablar

“Haz todo lo que puedas hacer para alcanzar ese sueño”

Esas palabras, en boca de mi padre, significaron el inicio de un esfuerzo que aun hoy, 50 años después, no ha decaído.

Si te pones a pensar, descubrirás palabras que, en su momento, fueron un empujón para iniciar algo increíble, o por el contrario, quizá son una roca que aún hoy, años después de haberlas escuchado, sigues cargando.

Y es que la conexión entre nuestro cerebro y nuestra boca, es instantánea. Y algunos desarrollamos una facilidad asombrosa para ir diciendo cualquier cosa que se nos viene a la mente, sin pensar en quién la escuchará, ni el momento ni la circunstancia que esa persona que escucha, está viviendo.

Palabras que alientan

Las has recibido. Seguramente de tus padres, algún maestro o maestra excepcional, un amigo o algún compañero o jefe. Son esas palabras que, justo en el momento en que estabas por derrumbarte, llegaron y te dijeron: Todo está bien.

Y te lo pueden haber dicho de muchas formas: Tranquila, no te apures; Ven, te ayudo; Esto tiene solución; Ya vendrá otro; eres mucho para el… o para ella; Te quedó mejor que a cualquiera; tienes muchas cualidades; un error cualquiera lo tiene; ya pasó y no se terminó el mundo, relájate; los negocios van y vienen; es normal que te sientas del carajo, anda, dame un abrazo. Y como esas, muchas más que, en su momento, pueden cambiar no solo el estado de ánimo de alguien, sino quizá su vida.

Son las que te hacen sentir que, a pesar de estar pasando por un mal momento, tú tienes todo para salir adelante… ¡y tienes a alguien junto a ti, que cree en ti!

Y las escuchamos (o no), desde pequeños. Y las sentimos, cuando van acompañadas de acciones. Una sonrisa, un abrazo, un apapacho, un chiste, un beso, un apretón de manos. Y cuando las escuchamos y las sentimos, cambian nuestro mundo.

Recuerdo que estando en primaria, en alguna ocasión. Nos castigaron a. todos en el salón y nos pusieron a escribir cien planas ( si, 100 planas) de números del 1 al 100. Solo recuerdo que para mí, eran imposibles de hacer. Llegué a casa, les conté a mis papás y a mis abuelitos, que estaban de visita, y entre todos se pusieron de inmediato a ayudarme con las mentadas planas, diciéndome cosas como: “las vamos a terminar, no te apures”. Esa noche había futbol, y nos fuimos todos al estadio Jalisco, donde teníamos un palco, pasando el cuaderno de uno a otro, hasta que entre gol y gol, terminamos las planas. De pronto las palabras de aliento acompañadas del apoyo físico, convirtieron un castigo imposible de completar, en un momento laaargo de convivencia y demostración de que no todo estaba mal. La vida sigue y aquí estamos todos para apoyarte. Seguramente la maestra notó que las planas habían sido hechas por muchas manos diferentes,  pero no le importó.

Pero también conocí amigos para quienes una nota mala, significaba castigo, un castigo en la escuela, significaba otro castigo adicional en casa. Para otros era causa de humillaciones, regaños, castigos e incluso golpes.

Y es el pan de cada día en el mundo. Un error, ya sea como estudiante, o como hijo, amigo, empleado, puede significar una serie de castigos y humillaciones, cuando podría ser también, motivo para recibir muestras de apoyo, de solidaridad, de tranquilidad, de reafirmación de que, un error, no significa que toda tu vida esté perdida.

¿Qué tan bueno eres para brindar palabras de apoyo?

Palabras que hunden

Así como hay palabras que te alientan a seguir adelante, hay palabras que te hunden, moral y físicamente.

Muchos piensan que estas palabras, dirigidas a ofender a la persona, a humillar o ridiculizar una acción, o incluso una cualidad física de alguien, no tendrán un efecto profundo en la vida del otro. Son pasajeras, dirán. Se le olvida al rato.

Nada más alejado de la realidad. Esas palabras de desprecio, humillantes, negativas, calan más hondo de lo que te imaginas. Influyen en lo más íntimo y profundo de la persona, lo mismo que las palabras de aliento.

Eres malo para esto; no debiste haberte metido en esto que no sabes; eres un tonto; por eso no te casas, no tienes personalidad; te ves muy mal para lo que quieres hacer; no tienes cualidades como tu hermano, tu compañero, tu amigo; eres de lo peor; no puedo confiar en ti; mira nomás que horrible trabajo hiciste; ya me imaginaba esto de ti; nunca debí haber confiado en ti.

Estas palabras duras, punzantes, hirientes, no se olvidan en cinco minutos. Hay quienes las llevan en su mente toda una vida, sufriendo las consecuencias de haberlas escuchado, muy probablemente, de alguien que era importante en la vida de la persona. Imagina a una madre diciendo algo así a su hija o hijo. O a un jefe evaluando a un colaborador de esa forma. Yo fui testigo cuando un “jefe” le decía varias de esas frases a un compañero, frente a otros, para después seguir limándose las uñas tranquilamente en su escritorio.

Y ¿sabes qué es lo que preocupa más? Que esto se da con más frecuencia de la que nos imaginamos.

Y las redes sociales no ayudan.

La “etiqueta” en las redes sociales.

Cada quien tiene su propia definición de lo que significa la “etiqueta” en las redes sociales. Acabo de googlear una búsqueda sobre este tema (etiqueta en redes sociales) y me arrojó 49’600,000 resultados. Si, son cuarenta y nueve millones seiscientos mil resultados relacionados con el tema.

Si buscas, vas a encontrar puntos como:

  • Usar buena ortografía
  • No publicar información personal
  • No sostener conversaciones privadas,  en público
  • No publicar cosas que te comprometan
  • No ofender
  • No  comprometerte,
  • No abusar si tienes poder
  • Perdonar los errores de otros
  • Compartir conocimientos, experiencias
  • Ser consciente del lugar en internet en que te encuentras, etc.

Sin embargo, la etiqueta es demasiado laxa y permisiva. Se concreta principalmente en lo que hay que hacer y no hacer, pero no hay mucho respecto a considerar los “sentimientos” de los demás, pues ni siquiera los mencionan. Y a pocos les importan.

Son contados los listados de normas de etiqueta para internet, donde siquiera esbozan la importancia de considerar que, entre los escuchas, lectores o seguidores, existen personas cuya vida puede verse afectada por un comentario hecho sin pensar en sus consecuencias.

Claro que todo esto es parte de una evolución tecnológica, que ha cambiado nuestra forma de comunicación, las herramientas que utilizamos y la atención que ponemos a lo que hablamos coloquialmente.

Cada palabra cuenta

No es lo mismo estar sentado frente a frente con otra persona y decirle lo que sentimos, lo que pensamos de ella o el, lo que nos gusta o disgusta de un determinado evento o situación, que estar alejados, a miles de kilómetros de distancia, atendiendo quizá a cinco conversaciones simultáneas,  sin mirarle a la cara y muy probablemente, sin pensar en ella a profundidad.

Si las palabras hablaran

Por eso pienso que si nuestras palabras hablaran, nuestras conversaciones serían diferentes.

Imagina que la mentira, según tú sin importancia, que le acabas de decir a tu amiga, pudiese hablarte y te dijera: Hey, esa mentira que dijiste, la cachó de inmediato tu amiga, y solo por eso, su imagen sobre ti, ha cambiado.

Imagina que el regaño que le acabas de poner a tu hijo, por una calificación que a pocos les importa (ya ves que algunos con todas reprobadas pueden llegar a ocupar puestos públicos de gran importancia) te dijera: Oye, ya ni la friegas. Somos palabras muy fuertes para una persona en proceso de desarrollo. Seguramente quedaron grabadas por mucho tiempo. Será difícil – aunque no imposible – que tu hijo las olvide y vuelva a tener confianza en si mismo.

Imagina que las palabras que usaste en una discusión de pareja, te dijeran: ¿En verdad piensas sobre tu esposo/ esposa lo que acabas de decirle? ¿Eso piensas de el? ¿En ese concepto lo tienes?

Porque muchos pensamos que nuestras palabras se las lleva el viento, cuando la realidad es que en la gran mayoría de las veces, lo que decimos a alguien, sobre todo si es alguien querido, queda grabado durante mucho tiempo y tiene un impacto al momento de escucharlo, que puede cambiar todo.

Las palabras que salen de tu boca, son poderosas

Esas palabras que consideras inofensivas, pueden

  • Herir un corazón
  • Frustrar una carrera
  • Desalentar una vocación
  • Perder un amor
  • Alejar a un cliente
  • Arruinar una relación

Pero la misma boca y cerebro que emiten esas palabras que destruyen, tienen el potencial de:

  • Formar conciencias
  • Alentar la formación de un líder
  • Conquistar un corazón
  • Cerrar una venta
  • Impulsar la formación de un profesionista útil a la sociedad
  • Cambiar el rumbo de una familia, de una comunidad, de un país
  • Y mucho más.

El hecho es que no hay que quedarse callado. Hay que hablar, expresar lo que sentimos y pensamos. Solo hay que hacerlo de una forma responsable… y ahí, todos tenemos mucho espacio para crecer.

Gracias por leerme!

Agradeceré como siempre tus comentarios aquí abajo y, si quieres y puedes, comparte esta columna con tus amistades.

JL

COMPARTIR ARTÍCULO
Facebook
Twitter
Telegram
WhatsApp
ARTÍCULOS RELACIONADOS
DEJAR UN COMENTARIO

3 comentarios

  1. Gracias JOSE LUIS por este artículo, el cual me hizo pensar y reafirmar de la importancia de fijarnos DE y COMO decimos las cosas.
    Es cierto lo de … S LAS PALABRAS HABLARAN.
    Saludos desde GDL. México

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

Publicar comentario