Hace unas semanas escuché a un colega decir algo que me hizo sentido de inmediato: “Nunca había sido tan productivo y nunca había estado tan cansado”.
La frase resume bastante bien el momento que estamos viviendo.
Hoy tenemos acceso a herramientas de inteligencia artificial capaces de resumir reuniones, redactar propuestas, analizar información y generar ideas en cuestión de segundos. Tareas que hace apenas un par de años podían consumir una mañana completa ahora se resuelven en minutos. En teoría, eso debería darnos más tiempo para pensar, crear o simplemente bajar el ritmo.
Pero algo curioso está ocurriendo. La tecnología avanza a toda velocidad, mientras el agotamiento parece mantenerse exactamente al mismo ritmo.
Los datos del Panorama Laboral Pluxee 2026 lo reflejan con claridad. Aunque la inteligencia artificial comienza a incorporarse en el trabajo cotidiano de miles de personas, uno de cada tres trabajadores sigue reportando niveles altos de estrés. Además, más de la mitad continúa realizando horas extra de manera habitual.
Entonces surge una pregunta incómoda: si hoy somos más eficientes que antes, ¿por qué seguimos sintiéndonos tan saturados?

Creo que parte de la respuesta está en que confundimos eficiencia con bienestar.
Durante años pensamos que la tecnología nos ayudaría a liberar tiempo. Sin embargo, en muchos casos, lo único que hemos hecho es llenar ese tiempo con nuevas tareas.
Si una presentación toma menos horas, pedimos más presentaciones. Si un reporte se genera más rápido, solicitamos más reportes. Si una campaña puede desarrollarse en menos tiempo, inmediatamente aumentamos la cantidad de entregables.
Es como si cada avance tecnológico trajera consigo una expectativa invisible: ahora que puedes hacerlo más rápido, también puedes hacer más.
Y ahí está el problema.
La IA tiene un enorme potencial para transformar la forma en que trabajamos. En marketing, por ejemplo, está acelerando procesos creativos, ayudando a analizar tendencias, optimizando contenidos y reduciendo buena parte del trabajo operativo que antes consumía tiempo valioso. Quien trabaja en esta industria sabe perfectamente de qué hablo.
Pero una cosa es utilizar la tecnología para eliminar fricciones y otra muy distinta es utilizarla para elevar permanentemente la exigencia.
No son lo mismo. Porque al final del día las personas siguen teniendo las mismas 24 horas. Siguen necesitando espacios para concentrarse, descansar, aprender y desconectarse. Ningún algoritmo ha cambiado eso.
Por eso me parece que la conversación sobre inteligencia artificial está empezando a quedarse corta. Hablamos mucho sobre herramientas, automatización y productividad. Muchísimo menos sobre cultura de trabajo.
La verdadera pregunta no es cuántas licencias de IA tiene una empresa ni cuántos procesos automatizó este año. La pregunta es si toda esa eficiencia está mejorando la experiencia de las personas o simplemente está acelerando una dinámica que ya era agotadora.
Porque la inteligencia artificial puede ayudarte a redactar un correo. Puede resumir una junta de una hora en cinco minutos. Puede incluso generar ideas bastante decentes para una campaña.
Lo que no puede hacer es reemplazar un liderazgo que sabe priorizar. No puede establecer límites saludables. No puede decidir que un equipo necesita menos urgencias y más claridad.
Eso sigue siendo una responsabilidad humana. Y quizá ahí está el verdadero reto para las organizaciones.
La adopción tecnológica ya está ocurriendo. No hay vuelta atrás. La IA será parte de prácticamente todos los trabajos en los próximos años. La discusión ya no es si debemos usarla, sino para qué la vamos a usar.

Podemos utilizarla para producir más, correr más rápido y llenar cada minuto disponible con nuevas tareas. O podemos aprovecharla para recuperar algo que se ha vuelto cada vez más escaso en el mundo laboral: tiempo para pensar, para crear y para trabajar con menos desgaste.
La diferencia parece pequeña, pero es enorme.
Porque si dentro de algunos años seguimos celebrando incrementos de productividad mientras los niveles de estrés permanecen intactos, habremos incorporado una gran tecnología sin resolver uno de los problemas más viejos del trabajo moderno.
Y sería una oportunidad desperdiciada.
La IA ya llegó a las oficinas. Ahora falta que los beneficios también lleguen a las personas.
