¿Quién anda en moto en México?

Luego de los acontecimientos en la autopista de Cuernavaca, me llamó mucho la atención las reacciones, a favor y en contra, que causaron en redes sociales la muerte de los seis motociclistas.

El uso y el abuso de motocicletas parece ser un tema que genera muchas pasiones, tal como lo hace la política o la religión. Al parecer, como si de virología o de política religiosa en Asia central se tratara, casi todo mundo tiene algo que decir al respecto y es hasta divertido ver como se atacan y defienden quienes son fanáticos de la actividad y quienes la ven como algo sin sentido.

¿Cuál es la influencia de las motocicletas en nuestra vida? ¿Quién anda en moto en México?

Para muchos va a sonar increíble, pero el negocio de las motos tuvo, durante las últimas dos décadas, una enorme explosión que ha pasado prácticamente desapercibida:

De acuerdo con cifras del INEGI, a partir del año 2000 el número de motos en circulación en nuestro país ha venido creciendo de forma continua. Pasó de 300 mil unidades a más de 3 millones en 2017, por lo que no es extraño que estas ya sean todo un acontecimiento social.

El primer frente de esta guerra de motociclistas es el de los repartidores. Desde finales del siglo pasado, cuando llegó a nuestro país de la entrega a domicilio, esta actividad también ha crecido de forma brutal. Alentada aún más causa de la pandemia, las calles parecen llenas de motos con logos de servidores de alimentos y mensajeros.

Basta pararse en la banqueta, a unos metros del semáforo en una avenida, y esperar la luz verde para ver una escena digna de una película de Mad Max: decenas de motocicletas acelerando y maniobrando para dejar atrás a los automóviles.

Esta actividad es muy peligrosa debido, en gran manera, a que cualquiera se siente con la capacidad de andar en una moto y como no hay una reglamentación, no faltan los incidentes y accidentes, algunos tan mortales como los de una carretera de cuota.

Por ahí conozco a alguien que asegura que la gran cantidad de motos repartidoras que circulan en nuestras ciudades es una clara muestra de un tercermundismo que nos equipara a la India o Pakistán.

Y es que casi todo mundo tiene una historia callejera que involucra a una moto. En lo personal, una vez fui embestido por un repartidor de un restaurant de Sushi que no me vio en una curva y me rayó el auto de defensa a defensa; el pobre individuo estuvo a punto de perder el control y la vida. La moto se zangoloteó de tal manera que el Sushi debió de haber llegado a su destino en modalidad de arroz con huevo.

Sin embargo, también existe otra forma de motociclismo urbano, esta es la de los “prácticos”, personas que luego de sopesar el costo de compra y operación de diversos vehículos de transporte personal, opta por la simpleza de una moto; estas son más rápidas durante los embotellamientos así como más fáciles de estacionar. No gastan mucha gasolina, requieren de un mínimo mantenimiento y ni siquiera hay que pagar tenencia.

El problema aquí es que muchos automovilistas de nuestra ciudad no están preparados, ni emocional ni psicológicamente, para aceptar el hecho de que una moto es más ágil que un coche en el tráfico. Recuerdo una vez, dentro del Circuito Interior Churubusco, a un psicópata que estaba muy pendiente de su espejo retrovisor. Esperaba a que una moto se aproximara para, justo en ese momento, realizar una maniobra como si estuviera intentando cambiar de carril y obligarla a frenar de emergencia.

Algunos de estos motociclistas prácticos, en un afán de mantener cierto estatus a pesar de ir en dos ruedas, han recurrido a marcas italianas que, a pesar de ser simples motonetas -esas que algunos más cínicos llaman puticicletas-, cuestan un ojo de la cara y que en Europa han generado un auténtico culto.

Me gustaría aquí recomendar la película “Quadrophenia”, ópera rock de la banda The Who, que sigue las aventuras de un grupo de jóvenes cuya pasión, además de las drogas, son estas motos customizadas en su máxima expresión.

La siguiente clasificación de fauna motorizada es la que, en medio de una crisis de la mediana edad, va y se gasta cientos de miles de pesos en adquirir una moto de marca Harley Davidson para despertar a toda la cuadra las mañanas de los sábados, cuando salen a “rodar”.

(Por cierto “rodar” es la palabrita que usan los motociclistas a la acción de salir a una calle o carretera con su moto).

Estos apasionados de las enormes motos son, entre semana, altos ejecutivos bancarios, industriales o de agencias que los sábados cambian el saco y la corbata por chalecos y pantalones de cuero adornados con parches que emulan a las pandillas estadounidenses, para subirse a sus enormes motos (¿implica esto alguna carencia?).

Aunque invierten mucho dinero en una actividad, que muy posiblemente les ayude a retomar el sabor de la vida, sus rodadas no pasan de realizarse desde y hasta lugares seguros, donde pueden rematar la “travesía” con una cerveza o un güisqui de precio inalcanzable y platicar sobre la gran aventura que implica rodar sobre Insurgentes.

Lo curioso de este tema es que la marca estadounidense está sufriendo una severa crisis debido a que el promedio de edad de sus usuarios (en Estados Unidos) es superior a los 50 años; los jóvenes, por lo menos en ese país, ya no compran ese tipo de motocicletas debido a su precio y, además, porque las ven como juguetes muy caros. Para entender un poco lo que esos “rebeldes” quieren obtener de la experiencia Harley Davidson, pongo este video con escenas de la película “Easy Rider” con Peter Fonda, Dennis Hopper y Jack Nicholson (la música es de Steppenwolf).

Una de las tribus de motociclistas más visible es la de los que salen a carretera. A esta la podríamos dividir en dos:

Por una parte, un enorme grupo al que le gusta viajar por las muy sinuosas carreteras de México. Para estos, el objetivo no es alcanzar altas velocidades o romper récords, es tan solo viajar grandes distancias que, a uno que está acostumbrado al auto, nos parecen de sueño. Por ejemplo, existe una rodada cuyo objetivo es el de ver al sol salir del mar en el puerto de Veracruz y, horas después, mirarlo ponerse en Acapulco. Un viaje de cientos de kilómetros que los lleva a través de carreteras secundarias con hermosos paisajes y trechos de curvas que estos motociclistas disfrutan mucho.

Por el otro lado, están los que utilizan la carretera de Cuernavaca como pista de carreras. Gente que se disfraza de Power Ranger y que desde muy temprano se va a recorrer dicho tramo, que ya se saben de memoria, para tratar de darle el máximo al acelerador. Al parecer, su objetivo final, son las quesadillas de Tres Marías, a menos de 50 kilómetros de la Ciudad de México.

Estos son muy escandalosos debido a que se sienten verdaderos hombres de acción además de que reclaman la propiedad de la cinta asfáltica de manera exclusiva. Para ellos si uno no viaja a más de 200 kilómetros por hora, no merece salir siquiera de casa.

Llama la atención que, luego del accidente, la reacción de muchos de estos super héroes frustrados fue la de denostar a los críticos: tienen la seguridad de que quienes no andan en moto los domingos o, son cobardes, o sus mamás no los dejan. Su actividad es una clara muestra de arrojo y machismo.

Valiente consuelo.

En fin; aunque no abarqué todas las especialidades, profesionales o de hobby del motociclismo, está muy claro que la pasión que genera es fruto de la gran irrupción que han tenido estos vehículos en nuestra sociedad.

Muchos mexicanos, por necesidad o por gusto, se han transformado en motociclistas, y esta es una realidad que debemos de reconocer.

Armando Reygadas Anfossi
Viví la revolución digital en carne propia; di mis primeros pasos en medios tradicionales impresos y la radio; desde ahí salté a Internet. Comunicador especializado en tecnología, redes sociales, medios digitales y marketing en línea; me dedico a la ‘blogueada’ desde los 90s. Hasta la fecha participo en programas de radio así como podcast, además de editar reseñando.com.

Este autor escribe en Soy.Marketing los días jueves de cada dos semanas.
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