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Fake news y bulos: por qué la verdad casi siempre llega tarde.

Las fake news, conocidas en español como bulos, son contenidos falsos o engañosos que se presentan como si fueran información verdadera. Su objetivo puede ser diverso: desacreditar a una persona, perjudicar a una institución, influir en la opinión pública, obtener beneficios económicos mediante clics o simplemente generar confusión.

Lo que convierte a un bulo en una herramienta tan poderosa no es únicamente su contenido, sino la velocidad con la que se propaga. Las redes sociales y los medios digitales permiten que un mensaje sea compartido miles de veces antes de que alguien pueda comprobar si es cierto o falso. Cuando finalmente aparece la rectificación, la información original ya ha recorrido un camino difícil de revertir.

El ciclo de la desinformación

En muchos casos, el proceso sigue un patrón bastante similar. Todo comienza con una acusación o una información llamativa publicada en una red social, un blog o incluso en un medio de comunicación que no ha verificado adecuadamente sus fuentes. La presión por publicar antes que la competencia puede hacer que la velocidad prime sobre la comprobación de los hechos.

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A partir de ese momento, el algoritmo hace el resto. Los usuarios comentan, comparten y reaccionan. La noticia gana visibilidad y comienza a aparecer en nuevas plataformas, medios y conversaciones. En pocas horas, el contenido ya no pertenece a quien lo publicó originalmente: se convierte en un fenómeno viral.

¿Por qué el desmentido no tiene el mismo impacto?

Desde la psicología de la comunicación existe una explicación sencilla: las personas suelen recordar con mayor facilidad la primera información que reciben que las correcciones posteriores. Aunque una noticia sea desmentida, una parte importante de la audiencia nunca llegará a leer esa rectificación.

Quienes tienen un mayor interés por la actualidad probablemente consultarán distintas fuentes y contrastarán la información. Sin embargo, una gran parte de los usuarios consume únicamente titulares, publicaciones breves o videos de pocos segundos. Para ellos, el primer mensaje suele convertirse en la versión que permanece en la memoria.

Por eso, el problema no es únicamente que exista una noticia falsa. El verdadero desafío aparece cuando esa información consigue instalar una percepción. Y una percepción, aunque sea incorrecta, puede influir en la reputación de una persona, una empresa o una institución durante mucho tiempo.

El desafío para el marketing y la comunicación política

En comunicación política y comunicación institucional, la velocidad de respuesta es tan importante como el contenido del mensaje. Una crisis de reputación no puede esperar al comunicado del día siguiente.

La primera tarea consiste en proporcionar información verificable a quienes ya conocen y apoyan a la organización. Ellos suelen ser los primeros en responder y compartir el desmentido. Posteriormente, la comunicación debe dirigirse a los públicos más amplios, aportando datos, evidencias y transparencia para desmontar la información falsa sin amplificar innecesariamente el bulo.

Pero existe un tercer grupo especialmente importante: quienes no siguen la actualidad de forma constante. Son las personas que leen un titular, escuchan un comentario o ven un video corto mientras navegan por las redes sociales. En muchos casos no buscarán confirmar la información, pero esa primera impresión puede influir en la imagen que construyen sobre una marca, una institución o un dirigente. En marketing político, este segmento suele estar formado por los votantes indecisos; en comunicación corporativa, por consumidores que todavía no han formado una opinión definitiva.

La reputación también se comunica

En un ecosistema digital dominado por la inmediatez, la reputación se ha convertido en uno de los activos más frágiles de cualquier organización. No basta con tener razón; también es necesario comunicarla de forma rápida, clara y creíble.

Las fake news y los bulos seguirán existiendo mientras la velocidad de difusión sea mayor que la capacidad de verificar la información. Por eso, el reto de los profesionales de la comunicación ya no consiste únicamente en desmentir una mentira, sino en construir confianza antes de que la desinformación ocupe ese espacio.

Porque, en definitiva, en comunicación la verdad no solo debe ser cierta: también debe llegar a tiempo.

Diego Bonasorte

Profesional independiente

Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Mar del Plata. Cuento con vasta experiencia en el sector público subnacional y en la comunicación institucional privada y pública. Apasionado de la comunicación política y de las nuevas tecnologías, como herramientas de fortalecimiento de la democracia.

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