Pruebas abundan de que el poder seduce y corrompe a quienes lo detentan. Parece ser que los hace sentir que tocan la inmortalidad de los dioses al disponer, ilusamente o a su antojo, de la existencia humana de unos cuantos o unos muchos. Jamás lo he buscado y tampoco lo he tenido, así que nunca he probado sus embriagadoras mieles y -por lo tanto, ignoro- qué se siente sentirse meta humano por un rato.
¿En qué momento la distopía alcanzó la realidad o las profecías se cumplieron a partir de finales de los años 30 del Siglo pasado y el desarrollo mismo de la Segunda Guerra Mundial? Dentro de la neolengua orwelliana de 1984, el “Ingsoc” es la abreviatura que buscaba familiarizar y volver cercano el nombre del partido político “Socialismo Inglés”; único y completamente autoritario que gobierna, mediante la imposición de la ideología oficial todo el superestado totalitario de Oceanía.
El concepto de “Ideología” fue acuñado por el Conde Destutt de Tracy a fines del Siglo XVIII, en su obra Mémoire sur la faculté de penser. La definió como la “ciencia de las ideas”. Aunque su utilidad era permitir el estudio y el origen de las leyes del pensamiento científico. El Siglo siguiente Karl Marx, lo lleva al siguiente nivel reinterpretándolo como un sistema de ideas, creencias y valores que distorsiona la percepción de la realidad. Él mismo habla de una “falsa conciencia” que oculta las injusticias derivadas del sistema económico y en beneficio de la clase dueña del poder político.
Todas las ideas socialistas de este y el pasado Siglo, tienen su origen en los principios marxistas y su concepción de que la fuente del poder político radica en los actores económicos fácticos. De tal forma que la “ideología” se convierte en el sustento teórico de toda la estructura de poder político, obviamente soportada en el económico. La filosofía elemental del Ingsoc se centra en tres principios para el control de la percepción humana de la realidad. Su lógica radica en que, como un acto de fe casi religioso, el “Pueblo” debe aceptarlos y jamás cuestionarlos.
El primer principio parte de la idea de que mantener una situación de “guerra perpetua”, metafórica o real, sirve para cohesionar la masa social y justificar la miseria económica. Como ven, la “pobreza” como virtud necesaria, no es nada nuevo. El segundo resalta que el individuo libre, en soledad, está destinado al fracaso y solo sometiéndose al deber ser del “Partido-Pueblo”, puede acceder al poder detentado por el partido-estado. Por último, la otra pobreza –la educativa- es la clave para limitar los cuestionamientos o las dudas inapropiadas que minen la autoridad del sistema. El “adoctrinamiento”, más que educación, es la vía de similitudes religiosas que garantizan la necesidad de actos de fe, muy lejos del conocimiento, que garanticen el control y permanencia del partido-estado.
Otra influencia para George Orwell fueron los diseños comunicativos del célebre Joseph Goebbels, ministro del Reich para la Ilustración y la Propaganda y sus métodos de comunicación, que se reflejan en la creación del Ministerio de la Verdad en 1984. Mediante métodos utilizados exitosamente por el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, se establecen principios como que una mentira repetida muchas veces acabará por convertirse en una verdad: la mentira institucionalizada como verdad oficial. También se incluyó el control de los medios de comunicación y la eliminación sistemática de la memoria histórica.
Goebbels consideraba que, igual que Stalin sobre la población rusa, la base obrera alemana estaba mal educada, era de memoria corta, estaba resentida y pobre. Así que requerían de un lenguaje simplificado, elemental y repetido ad nauseam. Hasta que acabara permeando sus “frágiles” conciencias, que dejarían de cuestionarse la validez de la versión oficial, por falsa que fuera. Asimismo, la reescritura del pasado, alterando hechos, versiones y personas. De tal manera que la historia debería ser la visión de los vencedores, los vencidos mienten, y la “versión autorizada” y válida es la que el poder tiene.
No menos importante, es el culto, casi religioso, a la personalidad del líder. Para la distopía orwelliana la omnipresencia del Gran Hermano, a través de pantallas y carteles, emula la deificación mediática de los grandes dictadores, administrada por “Ministerios” de propaganda reales y bien versados en las ciencias de la manipulación.
Las ideas orwellianas no son nuevas en muchos sentidos, ni solamente derivadas de la “obra” de Hitler o Stalin, sino también de un trabajo literario que vio la luz durante la segunda década del Siglo XX, Nosotros, casi perdida en la historia, del escritor ruso Yevgueni Zamiatin. Visionario que ya intuía hacia dónde caminaba el Partido Comunista Soviético y todo el resentimiento alemán acrecentado por una Guerra perdida.
