Inicio Artículos #Clientadas

#Clientadas

agencia publicidad

Tengo más de una década como especialista en temas de imagen y comunicación; en este trayecto, me he topado a una inmensa mayoría de personas buenas, éticas y con educación. Pero siempre existirá aquel que te hace pensar que, cuando ya lo has visto y escuchado todo, te equivocabas.

Vivimos en un país donde las leyes están de adorno. Demandar a una persona que ha decidido no pagarte un trabajo se convierte en una pesadilla de más de 3 años. Y no tienes ninguna garantía de recuperar lo perdido. He llegado a la conclusión de que lo único que puede obligar a una persona a cumplir con su palabra (y hasta con un contrato), es la educación que recibió en casa, junto con su moral.

Siempre me he quejado de las empresas condicionan el pagar a sus proveedores a 90 días (o más). He visto a más de 10 agencias pequeñas, quebrar por no tener la capacidad económica para solventar ese crédito. Si a la empresa grande se le ocurre atrasar el pago, ni en sueños existe la posibilidad de ganar una demanda porque, para los honorarios de abogados “tiburones”, por supuesto que sí tienen y de sobra. He platicado con varios empresarios que acostumbran esta práctica y es claro que es en su beneficio, nunca en pro de la justicia. Algo similar a cuando invitas a diversas agencias a participar en un “pitch”. Al final, terminan robándote una de las ideas y dándosela a los más baratos para que la desarrollen.

Hace poco más de un año, una estratega política me contrató para crear un jingle. Como siempre, la letra de la canción pasó por un proceso de aprobación, antes de entrar al estudio de grabación a hacer la música. El cliente me pidió modificaciones, incluso las escribió tal cual las quería. Se hizo la maqueta del jingle y, al entregarlo, el cliente expresó el típico “no me gusta”. Al preguntar qué había sido lo que le había disgustado, no supo responder. Después de meses de estar insistiendo en una junta de retroalimentación y exigiendo, por supuesto, el pago de los honorarios, terminamos (más de 200 días después), obteniendo el pago. Terminamos con un regaño so pretexto de “no estoy de acuerdo con pagar algo con lo que no estoy satisfecho. Como dice Enrique Peña Nieto: ¿qué hubieran hecho ustedes?

Algo similar me ocurrió en el primer semestre del año, con una empresa que tiene presencia en todo Latinoamérica y que estaba requiriendo quién le diseñara su página web. Siempre he confiado en mi instinto y, en esta ocasión, me decía que no aceptara el proyecto pero gente cercana que me asesora, me recomendó seguir, dado el nombre de la institución. Así lo hice. Había pactado la entrega de 3 bocetos de diseño de página web pero terminé haciendo 11. Lo peor es que el cliente, ante su indecisión, prefirió que usáramos un templete prediseñado. Mis 11 propuestas anteriores se fueron a la basura. Al momento de entrar a la fase de programación del sitio, la pesadilla llegó. Tuvimos que invertir más del doble de horas de lo acordado en el contrato. Además, los textos explicativos de cada sección, nos llegaron a cuentagotas.

No obstante los problemas, el proyecto se entregó y el cliente de inmediato nos quitó los accesos. Cuando llegó la entrega de la factura finiquito, el cliente respondió: no estoy de acuerdo con pagar esta factura, si yo les cobrara el número de horas que invertí en que esto saliera bien, me quedarían debiendo. Naturalmente, mi respuesta fue “si contratas a un pintor a tu casa y tú le ayudas a pintar una pared, ¿le cobras esa pared?”.

Pero la joya de la corona se la lleva un cliente con el que rompí relación recientemente. Trabajamos en el manejo de las redes sociales de su empresa. Existió una planeación y negociación del proyecto desde el mes de diciembre pasado. Tuvimos juntas maratónicas en las que no se concluía nada. El gran problema desde el principio fue el contrato, con el que su abogada no estaba de acuerdo pero tampoco sugería mejoras al mismo, aunque continuaron las negociaciones. Cuando hubo luz verde para generar la parrilla de contenidos de sus medios online, se le presentaron en una de esas juntas, en la que el comentario final fue “enviénmelo, lo revisamos con calma”.

La sorpresa fue que al momento de exigir el pago de la iguala correspondiente, la respuesta inmediata resultó ser: si nosotros tenemos que revisar y dar visto bueno del calendario de contenidos para las redes sociales, entonces no los necesitamos a ustedes, mejor nosotros publicamos todo.¡Qué genialidad! Sería tanto como decirle a un chef que si el comensal tiene que revisar la carne para asegurarse que esté en el término que se desea. Entonces mejor correr al chef y que el comensal prepare sus alimentos.

La falta de respeto al trabajo ajeno es una práctica que cada día se vuelve más común. Yo siempre he dicho que una de las profesiones que no debería existir es la de abogado. Si todos hiciéramos las cosas de manera correcta y como debe ser, su labor no tendría sentido. Pero como hay un nutrido grupo de personas transas que buscan su beneficio, importándoles poco sobre quién tengan que pasar, entonces los “licenciados” se enriquecen absurdamente.

Ojalá algún día, todos reflexionemos sobre las razones de por qué tenemos el gobierno y el país en que estamos. Seguro nos daremos cuenta que, en gran medida, la culpa es nuestra como ciudadanos. Mucho me han criticado que me la paso quejándome de todo, que debería ser más positivo.

Lo que les digo es que ya habrá tiempo de ser positivo cuando las cosas sean mejores. Pero no podemos cegarnos ante una sociedad obtusa que nos frena a los que queremos crecer y salir adelante.
Enrique Ortega
Nacido en CDMX, es Diseñador Gráfico y Maestro en imagen pública. En 2016 fue considerado por la Revista Warp como "Consultor en imagen top en México". Su agencia "Lata de Ideas", con 13 años de experiencia, ha tenido en su haber clientes como Aeromar, Telcel y Televisa. Además, es catedrático en la Universidad Anáhuac en la licenciatura en Empresas de Entretenimiento y la Maestría en Moda y Mercadotecnia y en el Máster en Comunicación Digital de la Universidad de Cantabria, en España.