La misma grada del Estadio Ciudad de México que llegó a marcar un récord de decibeles contra Ecuador el 30 de junio, y que cantó el Himno Nacional al unísono, había gritado también al menos cuatro veces el grito homofóbico en ese mismo tiempo. Y también, entre partido y partido, había convertido en himno y mantra espontáneo una frasecita de tres palabras: “¿Y si sí?”. Nadie la firmó, ninguna agencia la lanzó, ninguna marca la hizo suya desde el inicio. Y así fue que me quedé pensando: ¿cómo puede la misma gente, en el mismo lugar, en la misma noche, producir dos cosas tan opuestas? Vamos a analizar el asunto, porque creo que ahí hay una lección para quien vive de la afición.
Un filósofo mexicano intuía la respuesta desde 1966
Leí hace mucho tiempo (creo que fue en secundaria o preparatoria) en la “Fenomenología del relajo”, de Jorge Portilla, algo que me sirvió para que hoy, pueda intentar ordenar esta contradicción. Portilla, filósofo mexicano poco leído fuera de la academia, dedicó un ensayo entero a un gesto que todos conocemos y casi nadie analiza en serio: el relajo. Su definición, traducida para gente de marketing y no de filosofía, es más o menos esta: el relajo es una suspensión o pausa colectiva de la seriedad frente a un valor. Alguien propone algo que vale (el respeto, la solemnidad de un himno, la concentración de un juego, el respeto a la inclusión) y el grupo, en vez de comprometerse con ese valor, lo desarma con burla. Portilla lo describe en tres momentos: primero se desplaza la atención de lo que importa, luego el grupo se “desolidariza” del valor, y por último llega la invitación abierta a que todos se sumen al desmadre. Lo clave es que el relajo es libertad DE algo, nunca PARA algo. Disuelve, no construye. El relajiento, dice Portilla, vive sin futuro, porque cada vez que aparece un valor que exigiría compromiso, lo esquiva con una carcajada, una broma, una burla, un albur.
Relajo y fiesta no son lo mismo (aunque los confundamos)

Aquí está la distinción que me parece más útil para nosotros como marketeros. Portilla separa el relajo de la fiesta, y no son sinónimos. La fiesta también rompe la rutina, también es colectiva, también es gozosa/sabrosa, pero afirma un valor en comunidad y deja algo para todos. El relajo lo disuelve y deja vacío, deja una cruda. Uno, la fiesta, construye pertenencia; el otro (el relajo) consume energía y no devuelve nada según Portilla. Con esa lente, el grito homofóbico es relajo de manual: reapareció contra República Checa el 24 de junio y como dijimos, frente a Ecuador, incluso cuando México dominaba y el ambiente era de apoyo genuino. No hacía falta. No respondía a nada del juego. Era, exactamente, una suspensión, una pausa del valor por el puro gusto de suspenderlo, con su invitación implícita a que la grada entera se sumara. (Y es ahí donde todos se han equivocado en la forma de “erradicar” esta práctica).
El ‘¿Y si sí?’ es el contraejemplo, no el ejemplo
Y por eso mismo el “¿Y si sí?” es lo contrario. No promete que México gane; no es presunción ni mucho menos promeso. Abre caminos. Abre espacios. Abre nuevas perspectivas. Afirma una posibilidad, un permiso comunitario para creer sin garantías. En términos de Portilla, eso es fiesta: la afición afirmando en conjunto un valor (la esperanza como compromiso) en lugar de disolverlo. Y me parece notable que sea, quizá, la primera vez que un fenómeno espontáneo y masivo de la afición mexicana afirma un valor en lugar de burlarse de él. Quizás, el “Chiquitibum” de 1986 o la “Ola mexicana”. La misma gente capaz de generar relajo es también capaz de producir una fiesta en el sentido más preciso de la palabra. No somos relajientos por esencia. Diría que somos relajientos por que estamos a dieta: consumimos la alegría que hay disponible, y cuando aparece una mejor, la abrazamos igual de rápido. Algunos dirían que es porque hemos crecido en entornos de escasez.
Lo que esto le enseña a las marcas y a las propiedades deportivas
Aquí es donde el ensayo de un filósofo de hace sesenta años se vuelve, para mí, una herramienta de Sportbiz. La energía de la afición mexicana no es un monolito. Dentro del mismo estadio conviven dos combustibles distintos, y confundirlos sale caro. Hay una diferencia estratégica enorme entre monetizar la fiesta y subsidiar el relajo. La fiesta construye valor de marca porque deja un activo: pertenencia, memoria, comunidad, algo que el fan asocia contigo la próxima vez. El relajo es ruido sin activo: llena estadios y timelines por un rato, pero no acumula nada, y encima carga un riesgo reputacional que ya conocemos. Uno es sostenible, el otro es un préstamo que tarde o temprano se paga. Es la diferencia entre la alegría y esperanza que vimos, y las desgracias que vivimos durante los festejos, desde el grito homofóbico, el atroepellamiento ocurrido, las lamentables vidas perdidas, pasando por en medio un montón de situaciones de riesgo como las múltiples caídas que los medios sociales pudieron atestiguar. Eso al final, no aporta nada, solo una cruda por nuestras acciones colectivas, comparadas contra la fiesta y alegría de habernos unidos como mexicanos en medio de un entorno global muy polarizante.
La autenticidad hizo lo que ninguna campaña logró
Uno de los datos que más me interesa es este: el “¿Y si sí?” no lo produjo ningún brief. No hubo hashtag empresarial o de colaboración, ni influencer pagado, ni activación de patrocinador detrás. Esto llegó después. Primero, surgió entre aficionados y se expandió a tribunas y redes por su cuenta; tomó vida propia. Eso debería quitarnos el sueño, en el buen sentido. Demostró que la afición adopta narrativas de valor cuando son creíbles y no cuando se las imponen. Ninguna marca lo logró; la autenticidad sí. Mi lectura es que el trabajo de una propiedad deportiva no necesariamente es fabricar la fiesta (no se puede), sino reconocerla cuando nace y darle escenario sin cooptarla. El error de manual, y lo he visto de cerca, es llegar tarde con el logo encima y matarla. Decimos que tenemos que generar atmósferas únicas y si, pero también tenemos que aprender a canalizarlas.
Portilla lo diría mejor que yo: el relajo no es el ser del mexicano, es una respuesta aprendida a instituciones donde comprometerse históricamente no ha redituado para los mexicanos. No somos un relajo. Y lo he comprendido muy bien después de vivir cuatro años en el opuesto, donde todo se toma demasiado en serio. El relajo, para los mexicanos, es nuestro plan B institucionalizado, la alegría chatarra que quita el hambre diez minutos y no nutre. El “¿Y si sí?” fue una comida nutritiva de verdad. Y deja abierta la pregunta que me llevo y les dejo a todos ustedes: ¿Qué pasa si el deporte mexicano (no solo el fútbol) empieza a darle a su afición valores en los que de verdad valga la pena creer?
