Hace mucho tiempo, en una década muy lejana…

Una de las cosas que siempre me han impresionado de los gringos es la capacidad que tienen para relacionar cosas que, a veces, no tienen nada que ver. Para efectos de este texto, uno de estos casos fue la fecha del pasado martes 4 de mayo; si lo pronunciamos en inglés suena a algo muy similar a la frase “may the force be with you”.

Creo que no tengo que explicar que estas seis palabras son el alma de la serie de Star Wars, una de las franquicias más exitosas de la historia a pesar de que, me atreveré a decirlo, es la que peor ha tratado a sus seguidores.

(Aquí es cuando el anciano de la tribu toma aire y se dispone a narrar una historia situada en épocas lejanas y oscuras: “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana…”)

Corría el glorioso año de 1977, me encontraba en medio de una sesión vespertina de televisión, mirando la barra de programación infantil cuando apareció en pantalla un spot, muy corto, en el que se veía mucha acción, naves espaciales, armas láser y de fondo una música espectacular (qué es la que debería de estar sonando en tu cabeza al momento de terminar el párrafo anterior).

El spot anunciaba la llegada a las carteleras mexicanas de la película “La guerra de las galaxias”, que es así como deformaron el título de Star Wars. (Algo que siempre he querido saber es quién diablos decide hacer esos estúpidos cambios en los nombres de las películas).

Ir a verla se transformó en una especie de cruzada; tenía que hacerlo a como diera lugar.

Un buen sábado mi hermano y yo convencimos a mi papá, quien no era de ver ese tipo de filmes, que nos llevara a verla. Pocas horas después nos apersonamos en el cine “Dorado 70” de Plaza Universidad (el grande, no los que parecían cajas de zapatos) para ver la cinta.

Tengo que decirlo: mi vida cambió de forma radical.

A partir de ese día me hice fanático de la serie (no les decíamos franquicias en esos entonces) pero, además, no era el único. La locura se hizo colectiva ya que la mayoría de mis compañeros de colegio también se engancharon durísimo.

Comprábamos las estampas, jugábamos a guerras espaciales en las que se enfrentaban los rebeldes contra el imperio utilizando sencillas hojas de block, discutíamos sobre el guion, si ahí había acabado todo o se filmaría una segunda parte (¡qué ingenuos!); en fin, soñábamos con el universo de Luke, Han y Leia.

Ahí les va una confesión: en ese entonces me compraron mi primera máquina de escribir (aún la guardo) y no hallaba pretexto para usarla. Una tarde escribí en una sola hoja tamaño carta, el argumento para una segunda película donde que Luke encontraría a su padre (no, no era Darth Vader). Éste malvado había secuestrado al señor papá Skywalker para tenerlo prisionero en un terrible planeta. Por su puesto que en la misión participarían todos nuestros héroes que primero tendrían que batirse en una buena ronda de espadazos y balazos láser.

Por supuesto que todo el asunto también tenía su vena mercadológica. Mientras algunos tuvieron la oportunidad de viajar a Estados Unidos para adquirir los personajes y las naves, la gran mayoría nos tuvimos que conformar con unos esperpentos mal hechos por Lili-Ledy.

La repentina demanda de esas figuras se hizo tal que, años después, se transformaron en carísimos objetos de colección. En la actualidad muchos han tratado de “invertir” haciendo colecciones con la mercancía de las nuevas versiones de la película. El gran error radica en que ahora todo mundo quiere hacerlo y, son tantas las colecciones, que la gran mayoría no valen más que su peso en plástico.

Ínfulas de guionista aparte, ahí les va la verdadera razón que ayudó a que la mayoría de los de mi generación se transformaran en verdaderos adictos al universo de Star Wars:

Hagamos una comparación un tanto odiosa. Supongamos que un niño o niña, digamos en sus trece años, tuvo oportunidad de ver la primera película de la secuela de Star Wars, “El despertar de la fuerza” y supongamos que a esa hipotética personita le encantó lo que vio. Dos años después estrenarían la segunda parte, “El último Jedi”.

¿Qué hizo ese niño o niña durante ese intermedio?

La película se estrenó en 2015 y sus versiones en formatos caseros se liberaron tan sólo tres meses después, por lo que este joven fanático hubiera podido comprar dicha versión para verla de forma obsesiva primero y luego repasar el contenido extra; versión con comentarios del director o alguien más, el “detrás de las cámaras”, las escenas eliminadas y un largo etcétera.

Pero además hubiera podido acceder en Internet a foros, canales de YouTube y demás sitios para fanáticos. En el transcurso de los dos años entre ambos estrenos, hubiera podido ver la película innumerables veces; analizarla, literalmente, cuadro por cuadro, además de discutirla con miles de personas, a lo mejor una buena parte de estas ubicadas en otros países y culturas.

Por no hablar de medios paralelos como comics, libros, series de dibujos animados, entre muchos otros.

¿Saben cuántas veces pude volver a ver la primera parte de Star Wars antes de que estrenaran “El Imperio contrataca”?

Ninguna.

Nada, ni siquiera ir dos veces al cine cuando estaba en cartelera, ¡tenía 10 años y mi papa se hubiera dejado quitar antes un riñón que acceder a meterse al cine para ver, de nuevo, la película de los “monstruitos”! (La escena de la cantina fue lo único que se le grabó).

Estuve cocinándome en mi propio jugo, idealizando aún más una cinta que cada vez se hacía menos nítida en mis recuerdos, por lo que me pareció una eternidad.

Tres años después, cuando pude ver en la pantalla de nuevo la frase “Hace mucho tiempo…”, viví un nerdgasmo de proporciones galácticas.

Tú te preguntarás: ¿por qué me están contando historias que ocurrieron en el neolítico superior? 

La verdad es que pensaba lanzar una diatriba sobre la forma en que George Lucas nos traicionó, de cómo mató a la franquicia con reediciones y precuelas sin pies ni cabeza; de cómo se vendió al propio demonio y cómo éste terminó de ponerle en la torre todo ese universo en aras de mayores rendimientos, de seguir ordeñando la vaca.

Pero, la verdad es que ya no me dieron ganas.

Solo me queda admirarme que, después de 44 años, este tema siga siendo relevante y que todos los días 4 de mayo haya gente de todas las edades celebrando una de las historias que son fundamentales para la cultura pop de nuestra era.

Armando Reygadas Anfossi
Viví la revolución digital en carne propia; di mis primeros pasos en medios tradicionales impresos y la radio; desde ahí salté a Internet. Comunicador especializado en tecnología, redes sociales, medios digitales y marketing en línea; me dedico a la ‘blogueada’ desde los 90s. Hasta la fecha participo en programas de radio así como podcast, además de editar reseñando.com.

Este autor escribe en Soy.Marketing los días jueves de cada dos semanas.
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