Confieso algo frente a mi café y mi pantalla: yo utilizo inteligencia artificial para redactar.
No lo digo con culpa, sino con la honestidad de quien ha encontrado un aliado en el caos informativo de hoy. La uso para ordenar el torbellino de ideas que a veces traigo en la cabeza, para estructurar un boletín que se resiste a tomar forma o para explorar ángulos nuevos en un artículo de opinión. Sería ingenuo negar que estas herramientas nos hacen más eficientes y para muestra un botón
El mito de la “magia” tecnológica
Pero hay algo que quiero dejar muy claro: la IA no es magia, y delegar en ella sin mirar puede ser un suicidio profesional. En mi experiencia, la edición sigue siendo el corazón del proceso. No es solo “revisar”, es una artesanía: reescribo, afino, elimino lugares comunes y ajusto el tono una y otra vez. A veces, pulir lo que la herramienta propone me toma más tiempo que haber empezado de cero.
El día que la IA se inventó la realidad
Hace poco viví una experiencia que me recordó por qué el criterio humano es irreemplazable. Estaba investigando sobre un tema que requiere precisión: protocolo y etiqueta en México. Le pedí a la IA referencias de perfiles reconocidos en el área y, casi al instante, la pantalla me devolvió una lista impecable de cinco nombres.
Cualquiera se habría quedado con eso. Pero algo no me cuadraba. Había dos nombres que no me sonaban de nada. Me puse en modo “detective”: los busqué en registros, redes y libros. Nada. No había rastro de ellos. Al confrontar al chat, admitió con una frialdad asombrosa que había inventado nombres aleatorios para completar la lista. Sentí un escalofrío. Si hubiera confiado ciegamente, hoy mi credibilidad estaría por los suelos. En estos tiempos, la trazabilidad no es negociable; la IA puede ser una gran redactora, pero es una pésima documentalista.
Mis cuatro reglas de oro
Por eso, mi relación con la tecnología se basa en cuatro pilares innegociables:
Yo llevo el volante: El punto de partida es siempre mi idea. Sin intención, la IA solo escupe palabras, no mensajes.Dudar por sistema: Cuestiono cada cifra y cada nombre. Si no lo puedo verificar, no existe.La “chispa” es mía: Uso la herramienta para romper el bloqueo del folio en blanco, pero el remate y la emoción los pongo yo.Entrenar mi propio espejo: Le enseño cómo escribo para que me reconozca y se acerque a mi ritmo, no para que me sustituya.
El valor sagrado de lo analógico
A pesar de la tecnología, sigo siendo un romántico de lo manual. Escribir a mano tiene un valor insustituible. Hay algo que ocurre entre la pluma y el papel que ninguna pantalla puede replicar. Cuando escribo sin intermediarios digitales, mi pensamiento fluye distinto; se ordenan las intuiciones y se aclaran las dudas. Escribir no solo sirve para decir lo que pienso; escribo para entender qué es lo que realmente estoy pensando.
Pensar: el último reducto humano
No creo en el rechazo por miedo ni en la fascinación ciega. La IA es una herramienta poderosa que me ahorra tiempo, pero la responsabilidad estratégica sigue siendo mía. Mi criterio no es delegable.
Al final, el verdadero debate no es si debemos usar tecnología para redactar. La pregunta es otra: ¿Sigo siendo capaz de pensar sin ella? Mientras la respuesta sea un “sí” rotundo, la tecnología será mi mejor compañera. El día que deje de cuestionar la pantalla, ese día habré perdido mi voz. Y eso no va a pasar.








