Confieso algo: desconfío de las marcas que quieren salvar al mundo.
Suelen hacerlo con tipografía bonita y conciencia de temporada.
Por eso Patagonia me llamó la atención.
No porque sea perfecta, sino porque hace algo rarísimo en este negocio: se frena.
Un día, en pleno Black Friday —ese ritual moderno donde compramos para no sentir—, Patagonia publicó un anuncio que decía: no compres esta chamarra. Así, sin rodeos. No había asterisco. No había truco.
Me quedé pensando más en ese anuncio que en cualquier descuento del 50%.
Porque en una industria entrenada para empujar, Patagonia decidió incomodar. Y la incomodidad, cuando es honesta, se te queda pegada como migaja en la conciencia.
No te hablaba bonito. Te hablaba claro. Te decía que producir contamina. Que el planeta no es infinito. Que comprar por comprar también es una forma de violencia suave.
Y claro, uno podría decir: “qué conveniente, vender ética desde una chamarra de 300 dólares”. Y sí, hay algo de contradicción ahí. Patagonia no la esconde. La habita.
Prefiere decirte: “cómprala, pero cuídala. Úsala años. Arréglala. Y si no la necesitas, pasa de largo”.
Eso, curiosamente, genera más respeto que cualquier discurso inspiracional.
Mientras otras marcas te prometen que eres especial si consumes, Patagonia te dice que eres responsable aunque no compres. Y eso cambia el juego. Porque deja de halagarte el ego y empieza a hablarte como adulto.
No te seduce. No te persigue. No te ruega. Te observa. Y te deja decidir.
Al final, lo irónico es que Patagonia creció. No a pesar de decir “no”, sino por decirlo. Porque en un mercado saturado de estímulos, el límite también comunica.
La mayoría de las marcas quieren ser deseadas. Patagonia quiso ser coherente. Y hoy, la coherencia es más escasa que cualquier chamarra técnica.
Tal vez por eso funciona. Porque no parece marketing. Parece alguien diciéndote la verdad, aunque no le convenga del todo.
Y eso, en estos tiempos, ya es una estrategia radical.








