La prostitución de los influencers

-Vende caro tu amor, aventurera…

Los influencers: ese estado mítico al que algunos aspiran para así lograr el estilo de vida de los ricos y famosos. Sin necesidad de trabajar y tan solo preocuparse por salir en redes sociales recomendando productos así como servicios a los miles ‒que digo miles, millones‒ de seguidores.

Hacer hartos unboxings, viajar por cortesía de patrocinadores, comer en los mejores restaurantes y vivir la vida loca. Esa es la nueva aspiración; como antes algunos deseaban ser estrellas del cine o reconocidos músicos pop. Una vida de fama y fortuna, de tapetes rojos y candilejas.

Definitivamente los influencers se transformaron en una muy buena herramienta mercadológica; una puerta de acceso a un mercado muy joven que estaba pendiente de sus palabras y acciones. Garantía de éxito que, estoy seguro, muchas agencias utilizaron de manera exitosa. Yo, en lo personal, conozco un par de casos de éxito muy interesantes.

Sin embargo, no tardaron en transformarse de, una gran herramienta, a una auténtica fábrica de insufribles. Todos hemos escuchado esas historias en las que supuestos influencers se meten a restaurantes a exigir servicios gratuitos amenazando con chantaje; “si no me lo das gratis, hablo mal de tu establecimiento”.

Las agencias de relaciones públicas se ven inundadas de solicitudes de productos y equipos para realizar pruebas, pero que en realidad se escuchan como “regálame cosas para hablar bien de ti”. Al parecer piensan que definirse como influencer significa pertenecer a una elite que tiene los más sublimes y altos derechos.

Lo peor es que son algunos colegas del sector quienes siguen otorgado de manera indiscriminada ese poder; tienen la seguridad de que lo más fácil del mundo, para lograr el éxito de una campaña, es aventar dinero o productos sin detenerse a pensar que muchos seguidores ya han comprendido cuál es el juego del influencer.

En los inicios de este tipo de marketing era sencillo convencer que todo era sincero; que se había usado y que se había comprobado su efectividad, comodidad o lo que sea. Que era una recomendación real y objetiva para un producto o servicio.

Sin embargo, esa imagen cándida ya ha perdido todo lustre y, la gran mayoría de los usuarios de las redes sociales sin importar su edad, ya saben que si un influencer habla bien de un producto o servicio es porque le han dado dinero para hacerlo. Tan “original” y “sincero” como los comentaristas de futbol recomendando seguros o los spots que aparecen antes del video de YouTube; un mero esfuerzo comercial.

Es por todo esto que me parece estúpidamente imbécil que alguien se haya atrevido a sugerir que, lo ideal para promover un partido político, era utilizar influencers.

La medida pudo haber funcionado muy bien hace unos años. Muchos todavía recordamos a las personalidades, como Miguel Herrera, quienes también se decantaron a favor del Partido Verde Ecologista de México en pleno proceso electoral de 2017; aunque el entrenador se defendió diciendo que era su decisión, el asunto acabó frente a los tribunales.

El problema radica en que a estos genios se les olvidó que el mercado digital evoluciona a un ritmo muy rápido e intentaron hacer lo mismo utilizando a un grupo de influencers quienes emitieron mensajes de apoyo de forma sincronizada, utilizando prácticamente el mismo guion. Una flagrante violación de las leyes electorales.

Por supuesto que el asunto llegará a las instancias correspondientes pero, mientras eso ocurre, en redes sociales ya fueron juzgados y sentenciados: señalados como lo que son, prostitutos capaces de vender sus ideales, y su dignidad, en aras de la ganancia económica.

El susodicho partido siempre ha sido tomado en el ámbito político como una auténtica meretriz que se suma al grupo que más conviene a sus interesases políticos y económicos. Fiel a sus ideales, el Partido Verde se encargó de prostituir a este grupo de influencers, la mayoría jóvenes que, estoy seguro, nunca entendieron el tamaño de la bronca en que se estaban metiendo.

De hecho, por ahí ya salió una de las involucradas a “pedir perdón” a seguidoras y seguidores, ya que no pensó en las consecuencias. Argumentó que ignoraba el tema de la veda electoral, y además dijo, a ella sólo le pagaron diez mil pesos.

Pero lo peor es esto, literalmente afirmó: “a mí me pasaron esa campaña como muchas otras”, es decir, no le interesó si era algo para promover el voto por un partido político, a ella sólo le dijeron el precio que le iban a pagar y lo que tenía que decir, lo demás le valió un soberano sorbete.

Una auténtica confesión de parte: estoy dispuesta a recomendar lo que sea, siempre y cuando me lleguen al precio.

Su conciencia sólo vale 10 mil pesos.

Patético. ¿Ese es el tipo de personas que queremos promoviendo nuestros productos y servicios?

Claro, no es posible esperar gran cosa de esta mujer cuyo único mérito en la vida es el de parar la nalguita en Instagram.

La verdad es que dudo mucho que estos influencers lleguen a enfrentar algún tipo de consecuencia legal pero, lo que sí está ocurriendo, es que los seguidores poco a poco se están dando cuenta de lo que ocurre y cómo es en realidad el proceso que toman para recomendar algo.

El castigo, a final de cuentas, será un ostracismo por parte de una sociedad cuya atención requieren para poder vivir sin trabajar. Y, créanme, para ellos es como descender a los infiernos.

Por nuestra parte, como sector, llegó el momento de dejar de utilizar a estas herramientas que ya están muy devaluadas y desprestigiadas.

¿Tú que piensas de los influencers?

Armando Reygadas Anfossi
Viví la revolución digital en carne propia; di mis primeros pasos en medios tradicionales impresos y la radio; desde ahí salté a Internet. Comunicador especializado en tecnología, redes sociales, medios digitales y marketing en línea; me dedico a la ‘blogueada’ desde los 90s. Hasta la fecha participo en programas de radio así como podcast, además de editar reseñando.com.

Este autor escribe en Soy.Marketing los días jueves de cada dos semanas.

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