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Ni cómo ayudarles…

Pues sí, esta semana estuvo atiborrada de ruido mediático que nos dejó más bien agorzomados y con ganas de pedir esquina.

Primero se nos fue don Alberto Aguilera Juan Gabriel. Es una gran pérdida para el mundo de la música, más allá de si nos gustara o no su estilo. Y me parece que va para largo el tema y que tendremos todavía mil historias que recorrer.

Luego vino el caso Nicolás Alvarado. Con su texto antijuangabrielesco y con su humor muy personal y creo que para sí mismo nada más. Todo mundo se le echó encima como si fuese el peor pecador del siglo 21. Más allá de que si es su libre expresión o no, lo cual es válido y lleva años emitiendo su opinión sin rendirle explicaciones a nadie, sus dos problemas fueron oportunidad (timing) y puesto, sin defenderlo. Oportunidad, porque es como llegar al velatorio a burlarse del difunto y sus allegados, y puesto, porque se le olvidó que en ese momento ejercía un cargo público y la mismísima Secretaría de Cultura por su parte estaba ya planeando el gran homenaje en el máximo monumento de las artes de este país.

Pero, a pesar de su renuncia, Nicolás salió del reflector bastante rapidito gracias al presidente de este país adorado pero una y mil veces maltratado, por una invitación fallida (aunque para ellos acertadísima) a la que no le quiero dedicar ni una línea más. Fue y nos enojó a todos, le quita rating al torpe anfitrión y ya.

Luego viene el quesque informe a modo del gobierno, que fue otro desacierto y se discutió ampliamente en las redes.

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Lo que está verdaderamente terrible es ahora la campañita que nos están endilgando en todos los horarios de tele y radio, con testimoniales buenos y una frase que dice don Enrique de que no hablamos de lo bueno y también habría que contarlo.

La campaña es muy buena, los testimoniales lo son; sobre todo pensando que -más allá del mal humor de la ciudadanía- a nuestro alrededor todos tenemos más o menos cerca una historia de éxito que contar. El gran problema de la campaña es la firma o aval de presidencia. Toma entonces su tinte político y pierde total credibilidad.

Los gobiernos (no sólo el de México) deberían de buscar una nueva forma de comunicarse con sus ciudadanos. No han entendido que su forma ya se gastó y que las nuevas audiencias requieren de nuevas reglas. No en balde están tronando por todas partes, por lo menos en América Latina #PosÉstos

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