democracia elecciones 2018

En 2007, cuando en aquel entonces era el IFE, creé el slogan “Nuestra Democracia Crece”. México era otro, corrían otros tiempos, nos movíamos a otras velocidades, vivíamos un proceso de madurez y competencia política distinto al actual. La firma de campaña funcionó porque el concepto “democracia”, con la totalidad de lo que encierra, aún no se comprendía a profundidad ni permeaba lo suficiente en los diversos sectores, había que hacer bastante labor educativa.

Más de 10 años después, cabe la pregunta: ¿Nuestra democracia ha crecido?

Consideraciones; La reversa marcha a lo largo y ancho del planeta y nuestro país no tendría por qué ser la excepción. Ejemplos de lo sucedido en el primer mundo y sus alrededores sobran. ¿Acaso nos encontramos desorientados, desilusionados, desesperados?

A estas alturas del partido, y no me refiero al político, en nuestro país seguimos cargando con el lastre de que el gobierno debe actuar cual gran Tlatoani o como el obligado solucionador de los grandes y pequeños problemas nacionales, estatales, municipales y ya de paso, los generales y los particulares. (¿Será que de aquí se desprende el que los políticos se sientan como esenciales y modernas piedras filosofales?)

Así es como la época de elecciones halla su similitud con la navideña. La carta a Santa Claus o a los Reyes magos es el quid, el peso y el sentido del universo está en esa lista, con la diferencia de que los candidatos son quienes escriben la carta con todo lo que nos van a traer si es que resultan electos. “Va a haber esto, va a haber aquello, vamos a hacer esto, vamos a quitar lo otro”. Podríamos verlos incansables ante un enorme costal de regalos sacando promesas y propuestas.

Y nosotros creyentes, ilusionados como niños con juguete nuevo: “Ahora sí van a cambiar las cosas. Este sí es el bueno. Siempre lo he dicho, alguien como él es lo que necesitamos”.

México es un país muy grande, pero aún mayor su problemática.

Ni como sociedad ni políticamente hemos crecido lo suficiente. No hemos aprendido que una persona no gobierna sola, gobierna junto con quienes lo rodean, con trayectorias y grupos que les han acompañado e impulsado, gobierna con compromisos adquiridos que cuestan caro y se pagan caro. No hemos aprendido que las propuestas deben hacerse compromiso y los compromisos son para cumplirse, y eso hay que exigirlo. No hemos aprendido a diferenciar entre demagogia y verdad, entre discurso y acción. No hemos aprendido que en mayor o menor medida todos, absolutamente todos los políticos mienten.

No hemos aprendido que el cumplimiento de nuestros derechos es obligación no dádiva ni favor. No hemos aprendido a leer que no es casualidad que en épocas de elecciones los índices de violencia se disparan, a decir basta a que las ahora llamadas “fake news” se reproduzcan como infecciosa epidemia. No hemos aprendido que debemos exigirle a los gobiernos, gobernantes y partidos políticos manejos más honestos y menos amafiados y desaseados. No hemos aprendido a ver por el bienestar colectivo, nos rebasa la ganancia personal, hasta en el respeto de un simple semáforo.

Se dice que si intentáramos definir a los países por su manera de conducirse, el nuestro sería un adolescente. No estoy tan seguro, yo no sería tan generoso.

Las muestras de los errores en las decisiones colectivas se ven por todos lados. El futuro de nuestro país está en juego y ese juego está en nuestras manos y tenemos que marcarlo con nuestro pulgar. Aunque sea por esta vez, hay que comportarse como adultos.