Imagen Pública: El arte de aparentar

Imagen Pública: El arte de aparentar

Quizá sea cierto lo que decía el sociólogo y politólogo italiano Giovanni Sartori: que hemos involucionado, que el homo sapiens-sapiens ha pasado a ser lo que este teórico de la Ciencia Política bautizó como el «homo-videns». Vivimos gran parte de nuestra vida frente a una pantalla, frente a un conjunto de imágenes. Las generaciones del siglo XXI se han olvidado de muchas cosas que antes se presentaban como condiciones esenciales del vivir, para darle una importancia mayor a lo que captan sus sentidos frente a lo supuesto por un aparato electrónico, específicamente a todo aquello que se percibe a simple vista.

En estos tiempos en los que la tecnología es el pan de cada día, sólo basta un segundo para cambiar la percepción total de una persona: tal vez un simple tweet, un video en YouTube, una publicación de Facebook o un Snap son necesarios para crearnos una imagen frente a un público hambriento de estímulos visuales (tal fue el caso de la pifia de Enrique Peña Nieto en la FIL de Guadalajara o, más actual, el desafortunado y vergonzoso video de la denominada #LadyCienPesos).

Desde épocas remotas, la imagen ha figurado como un componente esencial en la vida de las personas públicas. Es un hecho que absolutamente todos poseemos una «imagen personal», un perfil que genera un concepto de nuestra persona y se configura en el entendimiento de nuestra personalidad, ya sea en nuestro día a día, en nuestra vida privada o en la actividad profesional. La Imagen Pública, por otro lado, representa la concepción que un grupo de individuos genera ante el análisis de distintos elementos que posee un personaje que ostenta un cargo público, o bien, que es entendido casi como una marca registrada que se vende a las masas como botellas de Coca-Cola.

Los seres humanos somos endebles a los impulsos que genera nuestro entorno, más a lo visual. Hasta el siglo XX la imagen podía entenderse como la opinión del otro sobre lo que refleja nuestro actuar sin ser ciertamente lo real. Los espartanos, por ejemplo, estaban obligados a cuidar su reputación, igualmente debían demostrarle al mundo los valores bélicos y honrosos que conformaban su concepción de unidad, es decir, generaban una imagen de hombres fuertes y sanguinarios que sin duda ayudaba a la hora de enfrentarse al enemigo; porque ganaban la batalla psicológica mucho antes de ganar la batalla de las armas. Los hombres generan su carácter no por el simple entendimiento y procesamiento del conocimiento y de las ideas, sino por las imágenes que se crean de sí mismos y que son suministradas a un grupo en específico que las consume para generar un concepto mental del emisor.

Es famosa aquella anécdota histórica en la que Julio César, después de sufrir  una infidelidad por parte de su esposa, exclamó: «La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino debe parecerlo». Es un hecho innegable que la imagen que los otros captan de nosotros debe corresponder objetivamente a la realidad, pero, sobre todas las cosas, se debe lograr transmitir lo que se desea aparentar.

Un ejemplo claro de esta teoría puesta en la realidad política de México fue la campaña por la gubernatura de Yucatán del 2006 de la ahora diputada federal, Ivonne Ortega. A principios de la carrera electoral, la candidata priista pesaba 116 kilos, hecho que no aportaba positivamente a su imagen y que resultaba disparatado al ofrecer, como una de las principales propuestas de campaña, salud y nutrición para los yucatecos.

Es ilógico pensar que un político que pretende luchar contra el sobrepeso tenga un considerable exceso de grasa corporal, por ello, los asesores de Ortega la obligaron a recuperar su figura por medio de una dieta y ejercicio. «Como muchos prejuicios que relacionan a las mujeres, piensan que bajé de peso por vanidad. No es así. Bajé de peso por mi candidatura, porque cuando revisé los estándares de salud de Yucatán, me encontré con que este estado tenía los más altos índices de obesidad infantil. Tenía que ser congruente.», dijo días después de ser electa como gobernadora de Yucatán.

En esta época es incuestionable que el Internet condiciona fuertemente el proceso electoral o la gestión gubernamental.

Cada vez son más las aplicaciones que fungen como determinadores a la hora de realizar encuestas para definir preferencias electorales o la captación popular–positiva o negativa– de una administración pública. Dichas herramientas digitales tienen como prioridad compartir imágenes. Aunque retrógrada, es una realidad que hoy en día gran parte de los electores vota por la imagen que transmite el candidato, no por la consistencia de sus propuestas ni mucho menos por la visión de nación que éste propone ante su público.

La Imagen Pública es una herramienta letal que, si se usa adecuadamente, puede crear estrellas de rock, profetas inalcanzables, artistas triunfantes, grandes empresarios y hasta presidentes de la República. La imagen se debe entender, ante todo, como comunicación, estimulación, como un juego psicológico en el que se transmiten mensajes verbales y no verbales que esculpen la efigie de un personaje carismático. El buen manejo de la Imagen Pública se traduce a sentimientos de empatía, sinceridad, coherencia y credibilidad que, en el campo de la política, llegan a transformarse en millones de votos en las urnas.

En su Ensayo sobre la ceguera, José Saramago pone en la boca de uno de sus personajes una frase que sintetiza la realidad actual: «Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven». Vivimos en una sociedad-imagen que sabe ver, pero que le cuesta mucho trabajo mirar con detenimiento, contemplar con capacidad analítica. A los políticos hay que leerlos entrelíneas, porque muchas veces votamos por lo que tratan de aparentar, olvidándonos de lo que son, de sus acciones, de sus intereses y de la realidad misma. La mayoría de las veces nuestros ojos nos traicionan. No nos dejemos engañar por las obras del arte de aparentar.

 

Diego Fernández G.
Nació y vive en México. Analista de lo cotidiano y conversador incesante. Es estudiante de Administración Pública en la Universidad Anáhuac, pero también escritor a ratos. Quizá ninguna otra vocación le guste más. Es articulista en distintos medios. Sin embargo, también es amante de la Historia, de la Política y de la Literatura. Obtuvo el Premio Nacional de Expresión Oral y Escrita “Octavio Paz”.