“El Colapso no tiene que ser el fin, puede ser el inicio de algo mejor y mucho mayor que lo tenías.” -Juan Pablo Altamirano
Probablemente leíste el titular y pensaste “ya empezó este con su drama”.
Pero en tiempos en los que muchas buscan la resonancia emocional en las redes o que otros queremos parecer profundos con nuestras publicaciones tipo “lo descubrí en el retiro espiritual” o “lo aprendí en la montaña”. La reacción es de esperarse.
Pero ¿qué tal si por una vez dejamos a un lado el desempeño laboral y hablamos de lo que realmente está pasando en esas horas donde nadie está mirando?
Te voy a hacer una pregunta incómoda:
¿cuánto tiempo llevas viviendo una vida que no es la tuya?
No me refiero a la vida que “debería vivir según”… hablo de esa que con mucho esfuerzo has “construído” día a día, viendo pasar a otros que avanzan, que viven, que se permiten cosas que tú no alcanzas a ver en el horizonte, mientras tú sigues ahí; varado, intentando cosas diferentes, frustrado y agotado.
Mira, no es mi intención venderte ningún cuento de hadas, lo anterior lo menciono porque conozco bien esa sensación donde te despiertas cansado, donde el fin de semana es tu salvavidas, donde cada problema que surge se suma a la pila de problemas anteriores que no terminaste de resolver.
Esa sensación donde decretas, meditas, buscas en Google “cómo salir del pozo emocional” a las 2 de la mañana, ves un video motivacional, lloras un poco, te duermes con esperanza, y al día siguiente la realidad te golpea de nuevo porque, spoiler alert: decretar no paga las cuentas. Yo la viví durante años ¿o fueron décadas?
Pero lo que nadie te dice —y “sorry” que sea incómodo— es que esa vida que vives actualmente, ese presente que no te gusta, lo construiste tú. No fue la economía, ni la mala suerte, ni tu mamá, ni el gobierno de turno, ni el socio que te traicionó, ni la calor, ni los astros no alineados. Fuiste tú.
Fuiste tú, con tus decisiones, las que tomaste y las que continuas postergando, fue la mezcla de lo que decidiste hacer, con todo aquello que decidiste ignorar y con lo que por miedo, vergüenza o resignación, elegiste no hacer.
Duele escribirlo porque duele leerlo. Pero es la verdad, a mi me tomó años reconocerlo, aceptarlo y sanarlo.
Ahora bien, antes de que pienses que soy un vendedor de autoayuda con actitud de mesías (lo cual dista mucho de mi cínica y sarcástica personalidad) me voy a perrmitir ser muy claro en algo:
No estoy ofreciéndote ninguna fórmula para ser millonario en 30 días, eso no existe. Y si alguien te la vende, está mintiéndote.
Lo que sí existe es el trabajo silencioso, el compromiso con uno mismo, y la disposición de pagar un precio que probablemente es mucho más alto de lo que imaginabas, y aquí, es justo donde muchos se regresan.
Porque siempre será más fácil quejarse, culpar a los demás y a las circunstancias “que te tocó vivir”.
Para muchos; es más fácil vivir con el resentimiento hirviendo por dentro, creyendo que “la vida no es justa” o que “nací con mala estrella”. (Yo lo hice durante décadas)
Lo difícil, lo que requiere un acto de tremenda valentía, es mirar dentro y decir: yo he estado haciendo esto mal, yo he estado evitando esto, yo he estado mintiéndome a mí mismo sobre lo que realmente quiero. Eso es difícil.
¿Sabes cuál es el problema real?
Que vivimos en la industria de la inmediatez, donde todo debe ser rápido, instantáneo, fácil. Una industria donde todo debe tener un hack para lograrlo en el menor tiempo posible, pero quienes compran esa inmediatez, no se dan cuenta de que la vida no te pide que entiendas eso. La vida pide que entiendas que lo bueno toma tiempo, que los procesos requieren tiempo, al igual que el aprendizaje, ya no hablemos del dominio de alguna habilidad.
El cambio real, que muchos buscan, ese que te lleva del “estoy atrapado” al “ahora sé cómo avanzar”, toma tiempo, mucho tiempo. Y entre más te tardes en entender lo anterior, más tiempo te va a tomar alcanzar lo que anhelas y sueñas.
Pero a ver, vamos a lo importante y que es algo por lo ya pasé también; mientras esperes a que mágicamente todo cambie, mientras sigas buscando en YouTube ese vídeo que finalmente te “despierte”, mientras compres el curso espiritual que promete transformar tu vida en 7 oraciones con velas, la vida sigue pasando.
Y no es que la vida sea injusta contigo especifica y particularmente, la verdad es que la vida no espera a nadie.
Algo de lo más duro que he tenido que tragarme, con todo y orgullo, es el hecho de que he visto a personas en situaciones económicas peores que la mía, con menos educación formal y con más obstáculos, construir la vida que querían.
Hoy sé exactamente qué hicieron diferente: No tuvieron más suerte, ni se ganaron la lotería, tampoco les cayó un padrino del cielo y menos llegó el gobierno a sacarlos de pobres.
Lo único que hicieron fue muy simple; dejaron de hacer lo que no funcionaba, aprendieron qué era lo que sí funcionaba, y lo hicieron, es decir: definieron que querían, cómo lo querían y se pusieron a ejecutar.
Sin esperar permiso, sin esperar el momento perfecto, sin esperar a estar listos y tampoco esperaron el “momento perfecto”. Se pusieron en acción.
Así que ahora te vuelvo a preguntar: ¿hasta cuándo?
Hasta cuándo vas a seguir llenando tu cabeza con podcasts de desarrollo personal sin aplicar nada.
Hasta cuándo vas a seguir diciendo “algún día cambio” sin hacer nada diferente hoy.
Hasta cuándo vas a seguir comparándote con ese vecino, con ese compañero de trabajo, con esa persona que ves en redes que parece tenerlo todo, mientras tú aquí, día tras día, haces exactamente lo mismo que has hecho los últimos tres años.
Si continuas haciendo lo que siempre has hecho, obtendrás lo que siempre has obtenido. No es un ningún cliché, es una ley tan inmutable como la ley de gravedad.
Lo que necesitas no es otro podcast, tampoco es otro libro que no vas a terminar de leer ni aplicar. No es otro video de un influencer que vive en Miami hablando de minimalismo desde su departamento de medio millón de dólares.
Lo que necesitas es despertar a una realidad: la vida que deseas no es un accidente que te va a suceder; es, por el contrario, algo que tienes que construir, piedra por piedra, decisión por decisión, un día a la vez y con un plan en la mano.
Y sí, va a ser incómodo, porque vas a tener que cuestionarte cosas que hace años no cuestionabas, vas a tener que soltar creencias que tu mamá, tu abuelo, la sociedad e incluso tus maestros de escuela, te implantaron como verdades inamovibles. No tienes ni idea de la cantidad de basura, que he tenido que tirar o sacar de mi mente, ideas preconcebidas que me manteían atado al fondo del abismo.
Vas a tener que mirar tus traumas de frente y también vas a tener que sentir esa frustración que has estado evitando y entender que, esa incomodidad es el precio de la transformación.
Pero también va a haber un momento —y esto lo escribo desde la experiencia— donde algo hace clic, donde el túnel se ilumina, donde de repente lo que parecía imposible comienza a cobrar sentido, donde los pasos que estabas dando en la oscuridad, de repente tienen dirección.
Llega el momento donde dejas de vivir en función del miedo y comienzas a vivir en función de lo que quieres, donde a partir de tus escombros, comienzas a construir la escalera para salir del hoyo.
Ese momento existe, es real. Yo lo viví.
Lo que tienes que hacer es decidir; si quieres vivir en el hoyo o si estás dispuesto a hacer el trabajo para salir.
Y siendo honesto contigo: la mayoría elegirá quedarse, porque quedarse en “la zona de confort” por miedo a perder lo poquito que tienes, siempre es más fácil. Y aunque duele, es cómodo porque es el dolor de lo conocido.
Así que ahí lo tienes:
El hoyo es real.
El piso no existe.
Pero la salida también.
La pregunta es si tienes el coraje para encontrarla.
Si te reconoces en esta columna, si has estado buscando respuestas sobre cómo salir del ciclo en que vives, te dejo una invitación a que explores una herramienta que te ayude a ganar claridad y dirección, una guía para salir del hoyo.
https://www.altamiranojp9.com/total-reset
Solo falta que tú lo creas.
Gracias por leerme, nos vemos en 15 días, con el mismo cinismo y la misma esperanza de siempre.
Juan Pablo Altamirano
